No podía dar crédito a lo que estaba sucediendo. El mundo exterior, el ruido de la ciudad y el frío de la noche desaparecieron en el instante en que sus labios reclamaron los míos. Jamás, ni en mis sueños más salvajes, imaginé que Rodrigo dejaría su propia fiesta para perseguir un taxi y confesarme lo que sentía.
—Tú eres mi problema, Ana —susurró contra mi boca, con una voz ronca que me erizó la piel—. Desde el primer día en que llegaste a la empresa, perturbaste mi vida y mi tranquilidad.