Apenas cerré la puerta de cristal tras de mí, el aire frío de la ciudad golpeó mi rostro, pero no fue suficiente para calmar el fuego que sentía en la sangre. Me apoyé en el barandal de mármol, cerrando los ojos por un segundo.
—¿Te diviertes, Alexandra?
Su voz, baja y peligrosa, vibró justo detrás de mí. No necesité girarme para saber que estaba a menos de un paso. Su perfume, esa mezcla de sándalo y lluvia que solía inundar mis sábanas, me envolvió de inmediato.
Me di la vuelta lentamen