Thiago entrecerró los ojos, observando el objeto plateado que brillaba bajo el sol de la mañana. La mano de mi padre seguía extendida, firme pero vibrante por la anticipación. Era una imagen surrealista: el hombre que había dirigido empresas con puño de hierro, el mismo que me enseñó que los sentimientos eran variables que no debían afectar la lógica, estaba ahora de rodillas sobre la grava, ofreciendo su tesoro más preciado a un niño que apenas lo conocía.
—¿Es de verdad? —susurró Thiago, so