El día transcurrió en un parpadeo de risas y locomotoras de juguete. Ver a mi padre así, sentado en el suelo de la biblioteca, sin importarle las manchas de chocolate en su alfombra persa o el dolor de su espalda, me descolocó por completo. Thiago había conquistado el último rincón de fortaleza que le quedaba al viejo.
Cuando el sol empezó a teñir de naranja los ventanales, supe que era hora de marchar. Mi padre nos acompañó hasta la entrada, con una mirada de nostalgia anticipada que nunca l