Punto de vista de Jason
La cara de mi madre se puso completamente pálida; la expresión de mi padre se tornó tempestuosa.
Y Brittany...
Brittany lucía como si acabaran de anunciarle el fin del mundo.
—¿Un parto? —Su voz no fue más que un susurro.
Marcus asintió, sombrío.
—Las fechas coinciden a la perfección con el momento en que abandonó la manada, Alfa. Hasta la semana exacta.
Las implicaciones me golpearon en oleadas.
Laila estaba esperando a mi cachorro cuando huyó.
Mi mente era un caos total, pero me obligué a pensar con racionalidad.
Si hubiera estado embarazada aquel día que traje de vuelta a Brittany...
Llevaba en su vientre a mi cachorro, y yo le había dicho que solo sentía curiosidad por saber qué se sentiría acostarse con alguien sin loba.
La culpa amenazó con aplastarme.
Con razón había huido de mí.
La voz de mi padre cortó el recuerdo como un látigo.
—¿Cómo pudo suceder esto, Jason?
Su tono era acusatorio, pero en el fondo percibí el miedo. El cálculo político ya daba vueltas en su cabeza.
Según las leyes de la manada, los cachorros nacidos fuera de una unión marcada se consideraban ilegítimos. Ese cachorro estaba condenado a ser un bastardo sin derecho a la protección de la manada.
Vulnerable de un modo que me oprimió el pecho con una rabia protectora.
—Si esto sale a la luz —continuó mi padre, con un susurro letal—, si otras manadas descubren que alguna vez tuviste un cachorro bastardo deambulando por ahí... Incluso si Laila y la criatura están muertos...
—Entiendo las implicaciones —atajé con dureza—. Podrían cuestionarse mi derecho a gobernar.
Las manadas rivales olerían la debilidad y acecharían como buitres.
El cachorro se convertiría en un objetivo, un arma que usarían en mi contra.
Fue entonces cuando el estruendo de un cristal roto hizo añicos el momento.
Todos en nuestra mesa giraron la cabeza hacia el ruido. Los instintos de la manada se activaron, agudos e inmediatos.
Habíamos estado discutiendo información delicada, secretos de la manada que podrían destruirnos si caían en las manos equivocadas.
Una loba estaba agachada junto a una mesa cercana, y le temblaban las manos con violencia mientras intentaba recoger los fragmentos de cristalería rota del suelo.
Era la misma loba que nos había estado observando toda la noche, la que había reaccionado de forma tan extraña cuando la llamé Laila.
Tenía los hombros rígidos por la tensión, y sus movimientos eran frenéticos y desesperados.
Su postura encendió todas las alarmas en mi cabeza.
Como una presa que intentaba huir de un depredador, pero se encontraba acorralada y sin escapatoria.
Su acompañante apareció a su lado, tirándole del brazo con insistencia y urgencia.
—Deberíamos irnos —dijo su amiga—. Ahora. Tenemos que irnos ya.
Ambas retrocedían hacia la salida, moviéndose como si no pudieran escapar lo bastante rápido.
Como si sus vidas dependieran de huir.
Pero ya era demasiado tarde.
Me puse de pie y avancé hacia ella con la intensidad concentrada de un cazador que al fin descubre a su presa.
—Disculpa —dije. Mi voz de Alfa llevaba la suficiente autoridad como para paralizarla por completo.
Alzó la vista hacia mí con unos grandes ojos castaños que me resultaron demasiado familiares.
—¿Nos hemos visto antes? ¿Por qué siento que me conoces? —pregunté, con una voz afilada por la sospecha y algo más que no quise nombrar.
***
Punto de vista de Laila
—¿Nos hemos visto antes? ¿Por qué siento que me conoces?
Me tensé ante la pregunta de Jason. Sus ojos verdes escrutaron mi rostro con una intensidad que me encogió el estómago.
Me obligué a mantener la calma, a respirar con normalidad aunque el corazón me latía desbocado como el de un ave atrapada.
—Nos cruzamos en el hospital hace un rato —respondí con suavidad—. Probablemente solo recordabas eso.
No era del todo mentira. Nos habíamos visto en el hospital, solo que no era la primera vez.
Jason me estudió durante un largo instante. Era evidente que intentaba ubicarme. Trataba de descubrir por qué esa desconocida le resultaba tan familiar.
Por fin pareció aceptar mi explicación, pues la tensión recelosa en sus hombros se relajó un poco.
—Supongo que los hospitales hacen que todos parezcan conocidos —concedió. No obstante, aún había un hilo de duda en su voz.
Riley apareció a mi lado como un ángel de la guarda.
—Vanessa, deberíamos volver con Ava.
Asentí deprisa.
—Sí, tienes razón.
Mientras nos disponíamos a marcharnos, capté fragmentos de la conversación de la familia de Jason que se reanudaba a nuestras espaldas, pero no escuché su respuesta sobre el cachorro «bastardo».
Y tampoco necesitaba oírla.
Su rostro lo delató: la forma en que palideció cuando Marcus mencionó al cachorro.
Jason no quería tener nada que ver conmigo ni con nuestra cachorra.
Tal como siempre supe que no haría.
Yo tampoco quería que Jason se involucrara en mi vida con Ava.
Una vez a salvo en el auto de Riley, la fachada que había mantenido se desmoronó como papel mojado.
—Parecía horrorizado —susurré, clavando la mirada en mis manos—. Cuando Marcus dijo que yo había estado embarazada, Jason reaccionó como si fuera la peor noticia que hubiera recibido en su vida.
—No lo sabes —replicó Riley, aunque su voz carecía de convicción.
—Claro que lo sé. Lo he sabido durante seis años.
La verdad era que no planeaba ocultarle a Jason la existencia de Ava antes de dar a luz.
Los recuerdos que tanto me había esforzado por enterrar regresaron de golpe. Aquellos primeros y terribles meses después de abandonar la manada, cuando no sabía nada sobre el mundo humano y tuve que aceptar cualquier trabajo que encontrara.
Fui muy ingenua. Creí que podría resolverlo, encontrar un trabajo sencillo y construir una vida para mi cachorra. En su lugar, terminé limpiando edificios de oficinas por las noches y trabajando en un restaurante durante el día, tratando de reunir el dinero suficiente para los sanadores durante mi embarazo.
Estaba cubriendo un doble turno en el restaurante cuando ocurrió. Un cliente llevaba toda la tarde acosándome y se volvía más agresivo a medida que avanzaba la noche. Me acorraló en el pasillo trasero mientras sus manos vagaban por donde no debían.
Al intentar apartarlo, me empujó con fuerza contra la pared.
El dolor comenzó de inmediato. Contracciones agudas y punzantes que me hicieron doblarme por la mitad en aquel sucio pasillo.
Supe que había entrado en trabajo de parto. Demasiado pronto, demasiado peligroso, pero inconfundible.
En medio del pánico, marqué el número de Jason casi sin pensarlo. Incluso después de todo lo sucedido, una parte de mí seguía buscándolo en momentos de crisis.
Sin embargo, fue Brittany quien respondió.
—¿Hola? —Su voz sonó empalagosamente dulce, como miel vertida sobre cristales rotos.
—Necesito... Necesito hablar con Jason —jadeé entre contracciones.
—Oh, lo siento, ¿quién habla? Jason está un poco ocupado ahora mismo.
Pude escuchar cómo se alejaba de él. Podía imaginarla descartándome incluso antes de darme la oportunidad de explicarle la situación.
—Por favor, solo dile que es Laila. Es una emergencia.
Hubo una pausa, seguida de la risa de Brittany. Fría y victoriosa.
—¿Laila? Oh, cariño, Jason no quiere saber nada de alguien sin loba como tú. Ahora está con su verdadera compañera.
Cada palabra fue como una daga entre las costillas.
La voz de Jason sonó de fondo. Distante y sin ningún interés.
—¿Quién es, Britt?
—Nadie importante —respondió ella. Pude escuchar el gruñido evasivo de Jason.
Nadie importante.
Esas palabras resonaron en mi cabeza mientras daba a luz a mi cachorra, sola.
Ava llegó al mundo gritando, pero era perfecta. La abracé contra mi pecho y le prometí que nunca necesitaríamos a nadie más.
Especialmente no al lobo que nos había dejado muy claro que no éramos nadie importante.