Capítulo 5
Punto de vista de Jason

—¿Laila?

El nombre se me escapó antes de que pudiera evitarlo, como un reflejo incontrolable.

La loba de la mesa contigua se quedó petrificada, y sus ojos castaños se encontraron con los míos desde el otro lado del restaurante por un segundo, dos…

Algo cruzó entre nosotros. Reconocimiento, tal vez. O miedo.

Entonces negó con la cabeza y se apartó de nuestra conversación.

—Lo siento. Me confunde con otra persona.

Le estudié el rostro como si intentara resolver un rompecabezas. No se parecía en nada a la Laila que yo recordaba. Tenía el cabello diferente y la figura más voluptuosa.

El parecido era mínimo. Quizá de verdad estaba perdiendo la cabeza.

—Le ofrezco una disculpa —dije, pasándome una mano por el cabello—. Hoy no me he sentido muy bien.

Asintió deprisa y volvió con su amiga. Sin embargo, la sorprendí mirando hacia atrás, como si escuchara cada una de nuestras palabras.

Mi familia se había quedado en un silencio absoluto tras la bomba que soltó Marcus sobre la posible muerte de Laila, y el ambiente en la mesa era denso.

Cada uno procesaba la noticia a su manera.

Mi madre rompió el silencio primero. Su voz sonó suave, pero nítida por encima del bullicio del restaurante:

—Así que realmente se ha ido.

Un dolor genuino le ensombreció el rostro. Siempre había sentido debilidad por Laila. Había sido la única en preguntar a dónde fue cuando desapareció. La única que parecía extrañarla de verdad.

—Si un humano muere, pues se muere —dijo Brittany, encogiéndose de hombros. Elevó la voz lo suficiente para que la escucharan—. De todos modos, no era importante. Solo otra boca que alimentar.

Me resultaba increíble lo cruel que podía llegar a ser esa mujer.

¿Cómo me había convencido a mí mismo de que podía vivir con alguien tan desalmada? ¿Cómo había permitido que esta loba estuviera a mi lado durante años cuando carecía de cualquier capacidad de compasión?

El contraste entre ella y el dolor sincero de mi madre resultaba abismal, doloroso, y me recordó por qué llevaba meses intentando encontrar una forma de zafarme de ese compromiso.

—De cualquier manera, Laila no estaba hecha para la vida en la manada —añadió Brittany con maliciosa satisfacción.

Fue entonces cuando noté que la loba de la mesa contigua se tensaba. Los hombros se le pusieron rígidos al escuchar el nombre de Laila, y la taza de café se detuvo a medio camino de sus labios.

Su acompañante se acercó y le susurró algo que hizo palidecer a la hembra.

Sin duda nos estaban escuchando con demasiada atención para tratarse de una conversación familiar privada.

Pero la reacción de la loba parecía personal, como si nuestras palabras la hirieran tan profundamente como a mí.

—Deberíamos hablar de esto en un lugar más privado —dije, echando un vistazo a mi alrededor—. Hay demasiados oídos aquí.

Sin embargo, mi padre ya se estaba preparando para darnos un sermón, con expresión severa.

—Aunque Brittany tiene razón. La manada nunca habría aceptado a alguien sin lobo, y mucho menos a una Luna sin loba.

Hablaba de Laila como si hubiera sido una carga, un problema político resuelto gracias a una desaparición oportuna.

El frío cálculo en su voz me revolvió el estómago.

Quise discutir, defender la memoria de Laila, pero las palabras se me atoraron en la garganta como cristales rotos.

¿Qué derecho tenía a defenderla ahora? Cuando estaba viva, le había dicho que para mí solo era un experimento. Y luego me abandonó de inmediato, sin decir una palabra.

El hecho de que probablemente ya no quedara nada entre nosotros antes de su muerte me provocaba, en cierto modo, rabia hacia mí mismo.

La voz de mi madre cortó la crueldad como una cuchilla.

—Ambos se equivocan.

Había una firmeza en su tono que rara vez escuchaba.

—Laila era una joven dulce y de buen corazón. Más amable que la mayoría de los lobos de nuestra manada, si soy sincera. Merecía la aceptación de todos.

La voz se le quebró por la verdadera emoción.

—Ya no importa —sentenció mi padre con firmeza. Era evidente que los sentimientos lo incomodaban—. Se ha ido.

Recordé la última vez que había visto a Laila con vida.

Lucía devastada cuando traje de vuelta a Brittany. Costaba creer que esa misma loba se marchara esa noche sin siquiera avisarme.

Una vez más, comencé a preguntarme: ¿por qué se habría ido con tanta prisa?

La Laila que yo conocí no era codiciosa.

¿De verdad habría aceptado el dinero de Brittany para desaparecer sin decir una palabra?

O quizá había existido algo más. Algo que yo había estado demasiado ciego para ver.

—Jason —susurró mi madre, sacándome del recuerdo—. Apenas has tocado la comida.

Bajé la mirada hacia mi plato, sorprendido al descubrir que seguía lleno. El apetito se me había esfumado por completo en algún punto entre las noticias de Marcus y la crueldad casual de Brittany.

—No tengo hambre —dije.

—Todo este asunto te tiene alterado —observó mi padre, con un tono más comprensivo que antes—. Pero no puedes dejar que el pasado te consuma. Viva o muerta, Laila tomó una decisión cuando se marchó.

—¿De verdad? —La pregunta se me escapó antes de que pudiera detenerla.

Todos en la mesa enmudecieron.

—¿A qué te refieres? —preguntó mi madre con cautela.

Observé a los presentes. La severa desaprobación de mi padre, la engreída satisfacción de Brittany y la genuina preocupación de mi madre.

—A nada —respondí al fin—. Olviden lo que dije.

Sin embargo, yo no podía olvidarlo. Las dudas no dejaban de crecer.

Fue entonces cuando vibró el teléfono de Marcus. Echó un vistazo a la pantalla y su expresión cambió a una más seria, profesional.

—Si me disculpan —murmuró, apartándose para contestar la llamada.

Lo vi caminar hacia la entrada del restaurante, con el teléfono pegado a la oreja. Su lenguaje corporal denotaba tensión, alerta.

Sin importar lo que estuviera escuchando, era lo bastante importante como para interrumpir la cena familiar. Lo bastante grave como para hacer que palideciera.

A esas alturas, la loba de la mesa contigua se había puesto completamente rígida, y observaba a Marcus con una intensidad que me puso los pelos de punta.

Como si estuviera escuchando cada palabra de su conversación.

Su amiga no dejaba de tirarle del brazo, en un claro intento por marcharse. Pero la loba permaneció inmóvil, con la atención clavada en mi Beta.

Tras varios minutos de conversación en voz baja, Marcus regresó. Su expresión era extraña, cuidadosamente controlada de un modo que me puso en guardia.

—Alfa —dijo con cautela, echando un vistazo a nuestra audiencia. Sus ojos recorrieron a los demás comensales, a mis padres, a Brittany—. Acabo de recibir el informe completo del investigador.

El estómago me dio un vuelco. Algo en su tono me advirtió que lo que fuera que hubiese descubierto, estaba a punto de cambiarlo todo.

—¿Qué encontró? —pregunté, aunque una parte de mí ya temía la respuesta.

Marcus dudó. Sus ojos se desviaron hacia los demás presentes en la mesa. Esa clase de vacilación significaba que se avecinaban malas noticias.

Noticias muy malas.

—Su última interacción registrada con cualquier sistema oficial fue de carácter médico —reveló finalmente.

La palabra flotó en el aire entre nosotros. «Médico» podía significar cualquier cosa, pero el tono de Marcus sugería que no se trataba de una simple rutina.

—¿Qué clase de asunto médico? —presioné, con una voz más áspera de lo previsto.

—Un parto —respondió esta vez en voz baja.

La palabra golpeó la mesa como un puñetazo y todo quedó en silencio. Incluso el ruido de fondo del restaurante pareció desvanecerse.

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