Punto de vista de Jason
No pude evitar seguir mirando a esa loba mientras salía del restaurante.
Sin duda había algo extraño, pero familiar, en ella que no lograba descifrar. Un detalle en su forma de moverse, en la tensión de sus hombros cuando estaba nerviosa.
La voz de Brittany cortó la espiral de mis pensamientos:
—No puedo creer que hayas dejado preñada a esa ramera sin loba mientras se suponía que debías seguir buscando a tu compañera destinada.
—Basta. —La orden de Alfa brotó de mí como una fuerza física e hizo que todos en las mesas cercanas se estremecieran—. No vuelvas a hablar de ella así.
La imagen de Laila sola en alguna habitación estéril de hospital, asustada y adolorida, me atormentaba.
Si había estado esperando a mi cachorro, ¿qué clase de infierno había atravesado sin mí?
Marcus se aclaró la garganta con cautela.
—Hay más, Alfa.
La sangre se me heló en las venas.
—¿A qué te refieres con «más»?
—El investigador encontró registros adicionales. Todo tipo de expedientes de sanadores... —Hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—. La cachorra y la madre podrían haber sobrevivido.
Todo se detuvo.
—¿Sobrevivido? Pero mencionaste que los archivos de Laila habían sido eliminados por completo... —susurró mi madre, con la voz cargada de asombro y dolor—. ¿Y estás seguro de que era una cachorra?
Marcus asintió.
—Eso se mencionaba en el último informe clínico que pudimos encontrar. La madre ingresó en estado de angustia, con un parto prematuro provocado por estrés y desnutrición. Pero hubo complicaciones durante el alumbramiento...
—Eso no me suena a supervivencia —comentó Brittany con una mueca de desprecio.
—Los expedientes indican que fueron dadas de alta después de una semana en cuidados intensivos —continuó Marcus—. Sin embargo, luego desaparecieron de todos los registros oficiales. Tampoco se encontraron certificados de defunción.
Silencio total. Como si se hubieran esfumado.
—¿Qué posibles respuestas encontraste? —pregunté, intentando estabilizar la voz.
—Quizá nuevas identidades. Una desaparición profesional, o... —Marcus hizo una pausa y me miró con vacilación.
Nuevas identidades. Eso habría significado que Laila tuvo ayuda, recursos. Al menos no había estado completamente sola.
—O tal vez aún no han encontrado sus certificados de defunción —añadió Brittany con frialdad—. O quizá la cachorra sobrevivió, pero Laila no.
La naturalidad con la que lo dijo me revolvió el estómago, como si estuviera hablando del clima en lugar de la posible muerte de alguien que alguna vez formó parte de nuestra familia.
—Necesitamos averiguar si aún están vivas —dije con firmeza—. Sigan buscándolas.
—No estoy seguro de eso —intervino mi padre en voz baja—. ¿Por qué no aceptamos que se han ido?
—¿Qué? —Me di la vuelta para encararlo.
—Incluso si la cachorra bastarda sigue con vida, no tendrá conocimiento de su herencia y no podrá desafiar la sucesión de la manada ni causar problemas. —Mi padre parecía irritado al decir esto; comenzó a frotarse el pecho, claramente alterado.
La sola idea de que mi cachorra creciera convencida de que era huérfana me asqueaba.
—Porque es familia —replicó mi madre con firmeza; su voz irradiaba la fuerza que la había convertido en una formidable Luna—. Sin importar los errores que se cometieron, si esa cachorra está viva, es la hija de Jason. Lleva la sangre de la manada.
—Es una bastarda —la corrigió mi padre con dureza—. La ley de la manada es clara...
—¡La ley de la manada puede irse al demonio! —exclamó mi madre. Su reacción nos sorprendió a todos—. Es una cachorra inocente, nuestra nieta. Si está viva, necesitamos encontrarla.
La palabra quedó flotando en el aire entre nosotros.
Nieta.
La expresión de mi padre cambió a medida que asimilaba la realidad. Parecía enfermo. Ya no se trataba solo de control de daños políticos.
Se trataba de la familia.
—Gracias, mamá —murmuré.
Ella se inclinó y me apretó la mano.
—Esa cachorrita no eligió nada de esto. Merece saber que tiene una familia que la amaría.
Pero, aun cuando la esperanza parpadeó en mi pecho, la duda me carcomía. Si Laila estaba viva, si me había ocultado a nuestra cachorra durante seis años... ¿por qué?
***
Punto de vista de Laila
—El pasado quedó atrás —dijo Riley con delicadeza, devolviéndome al presente—. Lo que importa ahora es la cirugía de Ava.
Cierto. La cirugía que el sanador Martínez había explicado que sería necesaria en los próximos dos meses debido al deterioro de la condición de Ava.
—El sanador dijo que su tipo de sangre y el problema cardíaco son difíciles de tratar —dije, secándome las lágrimas—. Su tipo de sangre es inusual. Sangre de Alfa, heredada de Jason. Necesitan reunir recursos de múltiples bancos de sangre porque encontrar donantes compatibles es muy complicado.
—¿Y su corazón?
—Es un defecto cardíaco congénito muy poco común. Tan raro que el sanador Martínez quiere consultar con un experto antes de realizar la cirugía.
—¿Te dijo qué lo causó?
—Está relacionado con lo difícil que fue el parto y mi mala alimentación durante el embarazo. —La culpa me resultaba asfixiante—. Si hubiera tenido los cuidados prenatales adecuados, si no me hubiera matado trabajando...
—Basta. —La voz de Riley sonó firme—. Hiciste todo lo que pudiste con lo que tenías. Ava está viva y sana porque has luchado por ella cada día.
A pesar de todo, la culpa persistía. Mi cachorra enfrentaba una cirugía porque yo había sido demasiado orgullosa. Estaba demasiado herida y demasiado terca para pedir ayuda.
Incluso si esa ayuda hubiera provenido de un lobo que ya había dejado claras sus prioridades.
Al regresar al hospital, me di cuenta, con un pánico creciente, de que había perdido mi cartera en alguna parte. Busqué de forma frenética en el bolso, en los bolsillos, en el auto.
Nada.
—Mierda —murmuré, lo que me ganó una mirada de preocupación de una sanadora que pasaba por ahí.
Riley frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Mi cartera. Debe de habérseme caído en el restaurante. —Cerré los ojos y pensé en lo que había dentro: tarjetas de crédito, identificación, la información del seguro médico.
Y, escondida en un compartimento secreto, una foto mía con Ava recién nacida.
Una foto en la que todavía me veía como antes: cabello rubio, rostro más delgado, la inconfundible vulnerabilidad de una joven loba que acababa de dar a luz sola y asustada.
Si Jason encontraba esa cartera, si veía esa foto...
—Llamaré al restaurante —dije, sacando el teléfono con las manos temblorosas.
La recepcionista que me contestó se mostró alegre y dispuesta a ayudar.
—Ah, sí, alguien entregó una cartera. Un lobo la encontró cerca de la mesa siete.
—¿Puedo ir a recogerla?
—En realidad, se la llevó con él. Dijo que ustedes se conocían y que se la devolvería en persona.
Me quedé helada.
—¿Averiguó su nombre?
—No, pero era muy apuesto. Vestía muy bien. Tenía unos ojos verdes increíbles.
Colgué sin decir una palabra más.
Jason tenía mi cartera. Tal vez había visto lo que había en el interior.
Y venía de camino hacia acá.
Corrí hasta la habitación de Ava con el corazón latiéndome tan rápido que podría estallar. Ella estaba sentada en la cama, coloreando uno de sus libros.
—¡Mami! —Su rostro se iluminó al verme—. Escuché una historia muy graciosa del sanador hace un rato...
Entonces sus ojos se desviaron hacia la entrada.
—¡Papi!
La palabra brotó de su boca mientras señalaba por encima de mi hombro con pura alegría.
Me di la vuelta lentamente, y cada músculo de mi cuerpo se tensó, preparándose para luchar o huir.
Jason estaba de pie en el umbral, con mi cartera en la mano.