CAPÍTULO VEINTICUATRO

La cafetería sigue llena de actividad, la luz del sol se cuela por los grandes ventanales mientras los clientes entran y salen. No veo ni rastro de Stella dentro cuando miro por las ventanas. Estaciono al otro lado de la calle, apago el motor y observo, esperando. Entonces es cuando vuelvo a percibir su aroma, más tenue esta vez, mezclado con sal. Lágrimas. Yo provoqué esas lágrimas.

La sigo por el lateral del edificio hasta un pequeño jardín, lejos de la entrada principal. Y allí está, sentada
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