CAPÍTULO VEINTICUATRO

La cafetería sigue llena de actividad, la luz del sol se cuela por los grandes ventanales mientras los clientes entran y salen. No veo ni rastro de Stella dentro cuando miro por las ventanas. Estaciono al otro lado de la calle, apago el motor y observo, esperando. Entonces es cuando vuelvo a percibir su aroma, más tenue esta vez, mezclado con sal. Lágrimas. Yo provoqué esas lágrimas.

La sigo por el lateral del edificio hasta un pequeño jardín, lejos de la entrada principal. Y allí está, sentada en un banco de piedra, con Roux agachado frente a ella, con las manos sobre sus rodillas, mirándola a la cara con preocupación. La luz se refleja en su cabello, resaltando las lágrimas en sus mejillas.

—Lo siento —la oigo decir con voz ronca—. No esperaba que apareciera así.

—No tienes nada de qué disculparte —responde Roux, con una voz tan suave que me hace rechinar los dientes; los celos me queman como ácido—. ¿Segura que estás bien? Podemos dar por terminado el día si quieres.

Ella niega con
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