CAPÍTULO CUATRO ELÍAS
La sala de entrenamiento ya está ocupada cuando llego esa tarde.
Stella está estirando cerca de las ventanas, con movimientos fluidos y ensayados. Pero mi atención se fija en la mujer a su lado, y todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
Zella.
Se ha puesto ropa deportiva: mallas negras que se ajustan a cada curva y una camiseta sin mangas verde oscuro que resalta aún más sus ojos color avellana. Lleva el cabello oscuro recogido en una cola de caballo alta, dejando al descubierto la elegante línea de su cuello.
No mires.
Obligo mi mirada a dirigirse a Stella, con la mandíbula tan apretada que me duele.
—¿Listos para empezar? —pregunto, manteniendo la voz serena.
Stella sonríe. —Siempre.
Zella no dice nada, pero siento su mirada fija en mí. Esa constante conciencia que me ha estado volviendo loco desde el momento en que el vínculo se formó.
Me muevo al centro de la habitación, poniendo distancia entre nosotros. —Empecemos por lo básico. La magia feérica es funda