CAPÍTULO TRES:
ELIAN
No puedo dejar de caminar de un lado a otro.
Tres pasos hasta la ventana. Giro. Cuatro pasos hasta la puerta. Giro. Vuelta a la ventana. La habitación de invitados que me asignó Antonio es espaciosa, demasiado espaciosa. Demasiado espacio vacío para que mi energía inquieta se consuma.
He vivido 347 años sin pareja.
Lo acepté. Acepté que moriría en soledad. Me convencí de que la soledad era más segura, más limpia y mejor para todos.
Y ahora el universo decide darme una cuando es lo más peligroso y lo más imposible que podría pasar.
Me paso las manos por el pelo por centésima vez esta noche. Los mechones plateados vuelven a su lugar al instante, irritantemente perfectos. Todo en ser feérico es irritantemente perfecto, excepto por las partes que te dan ganas de arrancarte la piel.
Como los vínculos de pareja. De esos no puedes escapar.
Puedo sentirla. Incluso desde diferentes pisos de esta enorme casa de manada, puedo sentir a Zella como un zumbido constante bajo mi