El gran salón de baile del Hotel Sentinel parece sacado de un cuento de hadas al que no tengo ningún derecho a pertenecer. Lámparas de araña de cristal cuelgan de techos tan altos que parecen tocar las nubes, y su luz se refleja en los suelos de mármol pulidos como espejos. Elaborados arreglos florales se elevan desde mesas cubiertas con manteles blancos impecables, mientras meseros de uniformes impecables se deslizan entre la multitud portando bandejas de plata con champán y exquisitos canapés