CAPÍTULO DIECISIETE

El silencio se extiende entre nosotros. El aire se espesa, sofocante como manos invisibles apretándome la garganta. Siento la respiración atrapada en el pecho, el corazón martilleándome contra las costillas.

Los ojos marrones de Antonio me perforan desde el otro lado del bar tenuemente iluminado; su furia emana en oleadas que parecen ondular en el aire cargado de humo. Lo veo todo escrito en su hermoso rostro: la posesividad, la incredulidad, la rabia pura. Como si lo hubiera traicionado por el
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