POV: Alex
Hay un segundo, justo después del orgasmo de alguien, en que el mundo se queda en blanco.
Anoche, en ese segundo, lo único que existía era el sonido de su respiración rota en mi oído y el temblor de sus manos agarradas a mis hombros como si lo de afuera no importara.
Luego volvió todo. Umbra. Kalper. La fundación. Y ella, temblando en mi cama.
Ahora está dormida a mi lado.
El panel volvió a la normalidad hace un rato: “madrugada calma”. No hay cielo real, pero la luz suave le dibuja la espalda bajo la camiseta arrugada. Su olor llena la habitación: sexo, sudor, bosque mezclado con café seco. Y ese hilo dulce de omega satisfecha que mi lobo reconoce de inmediato.
Podría quedarme mirándola así horas.
Ese es el problema.
Hay una línea que, hasta anoche, todavía podía fingir que no habíamos cruzado. Ya no. No después de tenerla arqueándose bajo mis manos, diciendo mi nombre como si fuera lo único que la sostenía.
No después de escuchar “aquí, ahora” de su boca y obedecer.
No des