POV: Alma
Miro por la ventana del piso doce y veo a Mila cruzar la reja, diminuta entre guardias y vidrio. Lleva su mochila de siempre y sus zapatillas viejas, como si el mundo no pudiera intimidarla aunque le pusieran mármol bajo los pies.
Hace cinco minutos me escribió: “Estoy entrando. Si no salgo, dile a mi mamá que la quiero y que fue culpa de un millonario con problemas de control”.
Sonrío sola, con ese alivio absurdo que se parece a llorar pero no quiere mojarse.
Golpean la puerta.
—Alma —anuncia una voz de seguridad—. Tu visita está aquí.
—Déjala pasar —respondo.
La puerta se abre y Mila entra mirando todo como si estuviera en un museo caro. Cuando me ve, se le cae la postura de combate. Cruza la habitación y me abraza tan fuerte que casi me saca el aire.
—Estás caliente —dice enseguida, sin filtro—. Y no en el buen sentido.
—Gracias por el cumplido —respondo contra su hombro—. Yo también te extrañaba.
Se aparta y me escanea, como si buscara puntos de sutura invisibles.
—Pensé