POV: Alma
Omega.
La palabra queda entre nosotros, pesada.
No suena médica ni a diagnóstico. Suena a esas noticias sobre “regulaciones feromonales” que una pasa de largo pensando que son para otra gente.
—No… —murmuro—. Eso no tiene sentido.
Alex no se mueve.
—Lo tiene —responde—. Aunque nadie se haya molestado en explicártelo antes.
Me cruzo de brazos. No sé si tiemblo de frío o por ese calor raro que me sube por el cuello.
—Explíquelo —digo—. Hasta ayer solo era una becaria con ansiedad. Ahora tengo etiqueta de… ¿qué? ¿Especie? ¿Defecto?
Sus ojos ámbar no parpadean.
—No es un defecto —dice—. Omega no es menos. Es diferente. Tu cuerpo responde a cosas que otros ni notan. Hueles más, sientes más. Y, si nadie interviene, va a llegar un punto en que ningún informe de estrés logre taparlo.
No dice “celo”, pero lo escucho igual.
Me río, seca.
—¿Y decidió usted solo que era su trabajo venir a mi calle a contarme esto? —pregunto—. ¿Está en la descripción de cargo “visitar empleados pobres par