El sonido comenzó a las ocho de la mañana. No era el estruendo caótico de una obra de construcción convencional, sino un zumbido rítmico, agudo, casi musical. Eran sierras de punta de diamante cortando las secciones de madera y yeso que aún quedaban en el ala oeste.
Clara observaba desde el atrio, con una taza de café gélido entre las manos. Gabriel estaba allí, supervisando a un equipo de hombres que vestían monos blancos, sin logos, sin nombres. Trabajaban en un silencio sepulcral, como si es