El hierro de la puerta principal estaba tan frío que quemaba.
Clara retiró la mano instintivamente, pero el dolor no era nuevo; era un eco. Un espasmo en su muñeca la obligó a bajar la vista. Bajo la piel pálida, apenas visible, había una marca blanquecina, una cicatriz en forma de "X" que parecía haber sanado hace años, aunque ella juraría que se la había infligido hacía apenas una hora con un cortaplumas de precisión.
—¿Se encuentra bien, señorita Silva?
La voz de Gabriel era una cuchilla de