El túnel de servicio olía a tierra mojada y a un tiempo que no debería existir. Clara avanzaba a gatas, con las palmas de las manos laceradas por la grava y las rodillas sangrando a través de los jirones de su vestido. Detrás de ella, el rugido de la Casa de Cristal colapsando se había transformado en un crujido sordo, como el de un gigante de vidrio triturando sus propios huesos.
La luz de su teléfono móvil estaba al 4%. En ese espacio confinado, cada sombra proyectada por la linterna parecía