Marina
Sus dedos maravillosos que me estaban volviendo loca se pararon justo encima de mi clítoris y a duras penas entre gemidos pude bajar mi cabeza hasta parar a la altura de sus ojos. Allí estábamos mirándonos fijamente a los ojos, perdiéndome en la pasión de ese par de ojos marrones. Justo cuando inició la tortura con sus dedos empezó a mirarme con ojos juguetones y notaba más y más como se agrandaba su paquete. ¡Dios! ¿Qué estaba haciendo ahí en público? Cualquiera podría vernos, deducir p