Carlos
Esa mañana el cielo no podía ser más azul, el canto de los pájaros me alegraba el alma, creo que hasta era música dulce para mis oídos. Me reía como un bobo mientras salía a correr por el vecindario, necesitaba darle algo de espacio a Alicia.
Nos levantamos los dos esa mañana abrazados, con nuestras extremidades entrelazadas y muertos de hambre de la noche tan tremenda que acabamos de pasar. Alicia muy a regañadientes me convenció de que ella se encargaba de buscar algo para desayunar, y de paso levantaría a su hijo de la cama dándole la sorpresa con algún pequeño dulce para desayunar.
Total, que hemos quedado en desayunar los tres juntos. Aún no se me va de la cabeza la noche tan impresionante que hemos pasado, las mil posturas en las que la he puesto y sobre todo las veces que ha gemido mi nombre. Estoy agotado, necesito desayunar algo o me volveré loco, me rugen hasta las tripas. Como casi todas las mañanas, necesito correr al menos unos cinco kilómetros para abrir mis pulmo