Carlos
Esa mañana el cielo no podía ser más azul, el canto de los pájaros me alegraba el alma, creo que hasta era música dulce para mis oídos. Me reía como un bobo mientras salía a correr por el vecindario, necesitaba darle algo de espacio a Alicia.
Nos levantamos los dos esa mañana abrazados, con nuestras extremidades entrelazadas y muertos de hambre de la noche tan tremenda que acabamos de pasar. Alicia muy a regañadientes me convenció de que ella se encargaba de buscar algo para desayunar, y