Nadie se atrevió a moverse. Ni los guardias de los Volkov ni los Petrov. Solo Anya.
—¡Alessandro, no! —su voz tembló mientras corría hacia él.
No pensó en las miradas de los invitados ni en lo que significaba ponerse en medio de su esposo y su hermano. Solo supo que debía detenerlo. Se interpuso entre ambos, su pequeño cuerpo sirvió como único escudo entre la muerte y Nikolai.
Alessandro ni siquiera parpadeó. Sus ojos oscuros recorrieron su rostro con algo que parecía curiosidad, como si le s