Artem
El zumbido constante de los motores del avión privado era el único sonido que llenaba la cabina. Miré hacia el asiento contiguo y sentí una opresión en el pecho que no lograba sacudirme.
Naia estaba profundamente dormida o quizás, simplemente su cuerpo se había rendido ante el agotamiento extremo.
Había pasado horas llorando en un silencio absoluto, aferrada a la vasija de mármol como si fuera lo único que la mantenía anclada a la tierra. Verla así, tan pequeña y frágil, era una tortu