Naia
El hospital se sentía diferente esta noche. El olor a desinfectante era más punzante, el brillo de las luces fluorescentes más agresivo, y el silencio de los pasillos parecía pesar toneladas sobre mis hombros.
Katia caminaba a mi lado con paso firme, pero yo sentía que mis pies apenas tocaban el suelo; era como si estuviera flotando en una pesadilla de la que no podía despertar.
Llegamos al área de oncología y, en la recepción, el doctor Miller ya nos estaba esperando tenía una carpeta