Naia
El trayecto en el coche fue un suplicio. Cada vez que el motor rugía, sentía que mi rabia aumentaba un grado más. Me miraba en el pequeño espejo del bolso, retocando mis labios con el color más encendido que encontré, como si eso pudiera servirme de armadura estaba furiosa, humillada y, sobre todo, profundamente herida.
La imagen de Cristal presumiendo su vestido nuevo comprado con el dinero de Artem se repetía en mi mente como una película de terror.
El coche se detuvo frente a un edif