32. ¡Una cínica!
— Oh, cariño, no tuviste que venir hasta aquí por mí.
Kira se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y negó de forma reprobatoria con la cabeza.
— Abuela, ¿cómo puedes decir algo así? — musitó — Tú y Lana son lo más importante para mí, deberías saberlo.
Margaret sonrió y alcanzó su mejilla para acariciarla como cuando tenía cinco años.
— Mi niña preciosa, ustedes también lo son para mí, pero tu trabajo…
— El trabajo puede esperar, abuela, la salud no — y eso era algo que ella misma le habí