Mundo ficciónIniciar sesiónEl semáforo se puso en verde, y los autos comenzaron a avanzar. Alyssa también lo hizo, aprovechando que la moto podía acelerar más rápido que un auto. Se interpuso justo delante del auto donde iba Rupert, sin importarle detener todo el tráfico. Las bocinas de los autos empezaron a sonar, pero cuando la adrenalina tomó posesión del cuerpo de Alyssa, a ella no le importó nada más.
Avanzó hasta la ventanilla abierta del auto, subiendo los lentes de su casco y miró con fijeza el hombre que acompañara a Rupert. Ambos la miraban con una mirada confundida, atónita.
– ¡Alessandro amará saber esto! –Le proclamó Alyssa, sonriéndole con falsa modestia.
El piloto del auto con una velocidad y fuerza que sorprendió brevemente a Alyssa, estiró su mano sobre la ventanilla y la detuvo, reteniéndola con una presión en el brazo de ella que sabía que le dejaría una marca. Sin embargo, Alyssa estaba feliz de haber logrado dirigir la atención de los dos mafiosos a ella.
– Pequeña, hija de put...
– No se preocupe, mi padre se merece el insulto –Alyssa sintió el agarre del hombre moreno afianzarse más–. Y Alessandro adora un buen chisme.
Y con toda la fuerza que su hermosa moto roja le permitió, ella avanzó con rapidez entre la fila de autos que habían estado tocándole la bocina. Alyssa pasó incluso junto al auto de Rupert donde iban sus guardianes, y ellos no podían entender lo que sucedían. Sin embargo, al ver pasar a Alyssa, ellos se bajaron y comenzaron a gritar señales inentendibles.
La garganta de Alyssa se secó al darse cuenta que los guardianes seguirían a Alyssa e interrumpirían su plan fugaz. Sin embargo, justo cuando el problema pasaba por su mente, Alyssa divisó la solución frente a sus ojos.
La caballería de Eros y Darío se dirigía hacia ella, notando justo el momento en que vieron a Alyssa regresarse en el sentido contrario de la calle. Alyssa redujo un poco su velocidad, solo lo suficiente como para encontrar a Eros entre los demás.
– ¡Tenemos compañía! –Le gritó Alyssa, no importándole si Eros, Darío o alguien más oía. Ellos debían estar alertas–. En el auto de Rupert, tres hombres, de al menos uno ochenta. ¡Desvíenlos y yo buscaré mientras tanto al verdadero auto!
Y Alyssa arrancó de nuevo por el tráfico, sin importar si Eros estaba de acuerdo o no. Después de todo, ella sabía que a Eros le molestaría tener que hacer un cambio de planeas tan precipitado, pero era por el bien de la misión y del grupo.
Alyssa cruzó por otras calles, intentando encontrar la forma de volver por el camino que la camioneta blindada donde estaba Rupert había tomado. Ella tuvo que ir a contra canal un par de veces más, incluso montarse por el camino peatonal y tragarse un par de semáforos en amarillo. Pero Alyssa en menos de dos minutos retomó la vía que había tomado Rupert.
El auto azul donde estaban los matones también iba por allí, la caballería de Eros no estaba por ningún lado. Alyssa maldijo, cuando, con un rápido vistazo hacia atrás, vio al guardia que iba de copiloto sacar un arma por la ventana. Si la bala le daba a Alyssa, moriría, pero si le daba a un caucho de la moto, sería mucho que morir.
Ella aceleró, intentando zigzaguear cual gacela. Los guardias no podían atreverse a disparar en medio de la calle, donde había otros autos y civiles que no podían herir. Pero al parecer ellos no pensaban en absoluto en eso, cuando la primera bala resonó contra el asfalto.
Un agudo grito salió de la boca de Alyssa, sintiendo el terror subir por sus brazos. Era cierto lo que Eros había dicho de ella: Alyssa nunca había tomado un arma, al menos no para herir a alguien que no fuese un animal o un objetivo de prueba.
Era difícil para ella simplemente pensar en dispararle a alguien, era peor pensar en que podían dispararte a ti.
– M****a, ¡maldito Eros! –Exclamó Alyssa cuando tres balas más rebotaron. Probablemente era de pura suerte que su moto no se había accidentado aún, porque Alyssa podía jurar que las balas estaban deteniéndose a escasos centímetros de su piel.
– ¿Alyssa?, ¿me oyes? ¡Carajo, responde de una vez!
Alyssa sintió su corazón acelerarse.
– ¡¿Qué quieres?! –Alyssa miró hacia sus laterales, intentando a su vez no desconcentrarse del camino y pasar volando entre los autos.
– ¡Alyssa, ¿dónde coño aprendiste a conducir así?! ¡Ya deja de alejarte de nosotros! –Era él, Alyssa podía reconocer su voz. Solo que él no se veía en ningún lugar–. Si te alejas más de tres calles de nosotros, perdemos la comunicación contigo.
El casco. El comunicador estaba en su casco y ella lo había olvidado. Alyssa no podía desaprovechar la oportunidad.
– Eros, Rupert no estaba en el auto que pensamos...
– Ya nos dimos cuenta. –Le interrumpió Darío.
Genial, todos podían oír la charla.
– Yo sé en qué auto va Rupert, en realidad, pero necesito que me quiten a estos tres gorilas de encima.
– ¡Ya mismo, Alyssa! –Le respondió Darío–. ¡Muévete!
Justo en ese preciso momento, Alyssa tuvo que esquivar un auto que se detenía por otro semáforo. Alyssa cruzó con rapidez, sin importarles las posibles multas que podrían llegarle. Simplemente se aseguró de camuflarse entre el resto del tráfico, sintiendo el alivio que le dejaba saber que los guardias de Rupert tendrían que quedarse atrás porque su auto no podía esquivar las filas de tráfico.
– Alyssa, no te alejes. –Le ordenó Eros a través del comunicador.
Ella ni siquiera respondió, aún mientras escuchaba los gritos de Eros. Y un par de segundos después, la comunicación se volvió a perder.
Alyssa condujo, regresándose al camino que antes había encontrado por otras calles alternas a donde estaban los guardias de Rupert. Volvió a encontrar la calle principal y manejó con un poco más de rapidez de la permitida por esa vía. Tuvo que mirar con mucha atención los autos, porque repentinamente todos se le parecían: de un negro brillante, vidrios arriba y faros encandiladores.
Solo que todos los autos por ahí tenían placa, excepto uno que conducía a toda velocidad por el carril lento. Alyssa tuvo que forzar la moto a su máxima capacidad para poder llegar más cerca de él, pero logró estar a penas a unos cinco autos de distancia. Habían dejado las calles transitadas atrás, y ahora iban por una carretera rodeada de árboles y oscuridad.
La noche había caído dura y oscura, nadie le prestaba atención a esa persecución silenciosa. Solo que el acompañante que iba con Rupert sí notó la presencia de Alyssa acercándose a ellos. Él sacó su arma, descuidando por completo el volante y haciendo que el auto diera una fea sacudida.
El hombre se vio obligado a tener que desistir de apuntar a Alyssa y poner ambas manos en el volante. Aquello le dio la oportunidad a Alyssa de acercarse más al auto y quedar junto a la ventanilla del piloto. Desde allí, probablemente a menos de un metro de distancia, pudo ver la cara de molestia y completo desagrado del hombre que intentó dispararle antes. Aunque también vio una cara de terror puro en Rupert.
El silencio se propagó entre los tres, con solo el sonido de las llantas sobre asfalto y el motor de los vehículos. ¿Cómo es que Alyssa no había en nada después de haber llegado hasta que los mafiosos? ¿Cuál sería el siguiente plan? Estas cosas le ocurren por lanzarse precipitada e impulsivamente a los planes.
– Bájate de la moto y hablemos como personas civilizadas, ¿de acuerdo? Hay un estacionamiento cerca de aquí. –Le gritó el hombre que conducía el auto.
Alyssa vio su oportunidad allí.
El primero en llegar al estacionamiento de un edificio vacío fue Rupert y su acompañante. El hombre tenía aún el arma en su mano, no la soltaba, aunque tampoco parecía estar a punto de levantarla contra Alyssa. Ella se bajó de la moto un momento después unos puesto más alejados de él.
El lugar estaba medianamente iluminado, con paredes de concreto y gruesos pilares que sostenían como vigas el techo sobre sus cabezas. Había algunas goteras y un área del lugar estaba en reparación. Pero, para ser un estacionamiento, el lugar estaba bastante abandonado.
Alyssa intentó hacer tiempo, con la esperanza de que Eros o Darío llegaran hasta su ubicación por algún milagro. Solo que no ocurrió. Alyssa no estaba desesperada por la presencia de ellos para que pelearan por ella. No, Alyssa podía defenderse perfectamente en una pelea cuerpo a cuerpo. Pero si la policía llegaba, no había escapatoria: Alessandro no se arriesgaría tanto para sacar de la cárcel a un soldado, ni siquiera porque fuese ella.
– Bart, ¿por qué sugeriste bajarnos del auto? –Le susurró Rupert entre dientes a su tal amigo Bart. Bart simplemente se mantuvo impasible, con los brazos cruzados sobre su pecho–. Nuestros guardias se perdieron en la multitud, en el tráfico, no sé, me da igual. Pero si esa chiquilla está aquí persiguiéndonos y nuestros guardianes no están en ningún lado, solo me hace pensar que se deshizo de ellos y está tras nosotros porque trabaja para alguien.
– Idiota, ella trabaja para los Caruso –le respondió Bart. Ambos hablaban en voz baja, pero ninguno sabía que Alyssa estaba entrenada para pelear gracias a su padre y presta para cualquier chisme gracias a la tía de Elián que los recibió en Inglaterra–. Fuiste tú quién dijo que esperaba que le patearan el culo a Alessandro en voz alta, y ella lo oyó, pedazo de imbécil. Si lo piensas, solo intento salvarte el trasero.
Alyssa rompió su conversación con un carraspeo, se quitó su casco y aprovechó para ajustarse bien la coleta alta en la parte de atrás de su cabeza. Rupert y Bart la miraron por un segundo, probablemente con algún tipo de asombro por fijarse por primera vez que quien amenazaba sus vidas era una chica.
– Caballeros. –Les saludó Alyssa con cortesía. Ella se mantuvo a dos metros de los mafiosos, manteniendo las manos tras su espalda en una pose militar, erguida y tensa. Preparada para pelear.
Rupert alzó su mentón. – Basta de formalidades, niña –le cortó–. ¿Para quién trabajas?, ¿para Alessandro?
Bart gruñó, girando sus ojos y volteando su mirada hacia cualquier lugar, incrédulo ante la mención de Alessandro nuevamente de los labios de Rupert.
Alyssa se encogió de hombros, rozando con sus dedos las puntas filosas de sus dagas escondidas en los bolsillos ocultos de su traje. Dos dagas; ¡una para cada mafioso, qué fortuna!
– Trabajar me suena a lealtad –Alyssa se encogió de hombros–. Puede ser que sí, puede ser que no. –Les provocó.
– Solo da una respuesta. –Rupert le gruñó.
Alyssa no respondió, solo el sonido de los autos pasando a toda velocidad junto a ellos inundaba el aire. Eso, una increíble humedad que le generaba gotas de sudor en su frente y el corazón palpitándole con adrenalina.
– ¿Cuál es tu nombre? –Le preguntó Bart, su voz mucho más equilibrada que la asustadiza voz de Rupert.
– La muerte. –Le repitió Alyssa.
– Muy graciosa –ameritó Rupert, mientras sacaba una caja de cigarrillos de su bolsillo–. A ver, señorita Muerte. ¿Qué necesitas para mantener la boca cerrada?
Alyssa se encogió de hombros. – Un bozal, probablemente.
– Niña estúpida, deberías, en realidad, tener un bozal incorporado –le gruñó Rupert, mientras parecía estresarse porque no lograba encender su mechero para su cigarrillo–. Pero hoy no. Puedo ofrecerte lo que quieras: autos, dinero, chicos, drogas. ¿Qué puede merecer tu silencio?
Alyssa decidió seguirles el juego; sería divertido burlarse de ellos un rato y, al mismo tiempo, hacía espacio para que los demás aparecieran. Debía entretenerlos el tiempo necesario, aunque las negociaciones y charlas no eran mucho su estilo.
– Bueno, hay un chico...
– Lo que quieras. –Le recalcó Rupert.
– ...se llama Eros: es musculoso, ardiente y tiene una mirada de dagas –Alyssa hizo un puchero–. ¿Lo conoce?
Rupert bufó.
– No, pero te lo tendré listo en la mañana. Un secuestro no es muy difícil de organizar, en realidad –Rupert miraba con orgullo a Bart–. ¿Ya ves, amigo? Problema resuelto. –La última parte fue dirigida hacia el compañero de Rupert.
– ¿Cómo dijiste que se llamaba? –Preguntó Bart, suspicacia e incredulidad en sus ojos.
– ¿Quién, el chico? Oh, su nombre es Eros. Pero el de los ojos de daga, son ustedes.
Sí, lo de Alyssa no era mucho lo de hablar. Si no, más bien, accionar.
En un movimiento fluido, Alyssa sacó sus manos de espalda y lanzó en un parpadeo las dos dagas que estaban en sus manos. Eran pequeñas y delgadas, aerodinámicas. Pero solo una dio en su objetivo, justo en el ojo de Bart. La otra, por su parte, terminó justo en la frente de Rupert.
El pecho de Alyssa perdió todo aliento, todo latido atrapado en ese último segundo cuando sus ojos se dieron cuenta el lugar donde fue a parar su segunda daga.
Rupert, con el cigarrillo aún en sus labios y sus ojos brillantes por toda la droga en su sistema, cayó como un tronco contra su espalda. La sangre empapó con rapidez sus facciones, la daga clavada, inamovible justo entre sus ojos. Alyssa deseó apartar la mirada del cadáver, deseó no pensar en lo que había hecho, simplemente olvidarlo. Pero allí se encontraba, masoquista como siempre, impávida ante las consecuencias una vez más.
Alyssa se debía recordar que eran hombres malvados, que habían traído desgracias y suciedad al mundo. "Eran pecadores", como su madre siempre le decía cuando de pequeña Silvia hacía preguntas sobre el trabajo de su padre. Estos tipos también eran pecadores, y Alyssa no podía sentir compasión por personas como ellos.
Pero eran hombres que tenían familia, justo como Alyssa tenía la suya en algún lugar de Italia. Rupert tenía un hijo que recién había salido de la cárcel, Alessandro mismo lo había dicho. ¿Cómo podrá superar cuando le cuenten la forma en que murió su padre? ¿Y Bart? Él también debía tener hijos, una esposa, alguna madre o un padre en algún lugar. Y Alyssa se los había arrebatado sin pensarlo.
Ella era la asesina, la mala de la historia.







