Capítulo 8

El plan debería ser sencillo: matar a un mafioso, altamente buscado por la policía, sin guardias y bastante alcoholizado la mayor parte del tiempo. La idea que Alyssa, Eros y Darío tenían en mente debería hacerse al pie de la letra, funcionar, y del cual ellos podrían salir de allí con gracia y sin evidencia que los señalara.

Solo que Alyssa tenía el grave presentimiento de que, en realidad, no sería así.

La noche cayó con rapidez. Eros, Alyssa, Darío y el resto de los guardias con los que ellos contaban, estaban escondidos en una calle vacía a pocas cuadras de dónde debería ocurrir el accidente. Desde donde estaba, Alyssa podía visualizar a la distancia el semáforo donde todo ocurriría. Solo que el temblor en sus manos le decía que nada saldría bien.

– ¿Tomaste tus armas, Ferrara? –Por la dureza en su voz, Alyssa podría jurar que estaba charlando con Eros. Pero en realidad era Darío quien se acercó hasta quedar junto a Alyssa en plena calle, mirando a la distancia. Ella le sonrió, intentando no lucir sus nervios. Escondió sus manos dentro de su chaqueta negra y disimuló el temblor con ello; todos habían tenido que cambiar sus uniformes por algo más casual para no llamar tanto la atención.

– Eh, sí, sí –respondió Alyssa, mirando hacia atrás donde su moto estaba y sobre la cual descansaban sus armas. Eros estaba cerca de allí, terminando de afinar unos detalles con algunos soldados. Él no la había mirado desde esa mañana–. Tomé un par de dagas y una pistola. Quería tomar un rifle, pero, según lo que haré, no lo necesito: solo será un demás.

Darío estaba de acuerdo, simplemente asintiendo mientras sacaba un cigarrillo de detrás de su oreja. Pero una tercera voz en la conversación, la cual no tenía nada que aportar, los sorprendió a ambos.

– Si tomas un rifle, te sacaré del equipo inmediatamente. –Eros la amenazó, mirando su pistola como si fuese la cosa más interesante del mundo. Él seguía evitándola, pero aquello no era lo importante en ese momento.

– ¿Disculpa?

– No te daré un rifle; bajo mi guardia, no permitiré que tengas en tu mano un rifle nunca más –Eros se giró hacia ella, mirándola por primera vez en todo el día, mirando arrugaba su rostro–. Si lo haces, yo mismo te aniquilaré.

Alyssa lo miró con sorpresa. – Ah, ¡qué lindo de tu parte! Pero se puede saber por qué harías tal cosa.

Eros bufó, como si la respuesta a esa pregunta fuese obvia. Solo que a Alyssa no le hacía la misma gracia que a él.

– Si lo haces, es obvio que fracasaremos. ¿O debo recordarte a detalle lo que sucedió hace cinco años, en Bari? –Alyssa sintió que cada gota de su sangre fue reemplaza por hielo frío, sintió su odio hacia Eros aumentando como un volcán que haría inminente erupción–. Mi padre tiene las cámaras de seguridad del edificio donde estabas y los contiguos. Todo para protegerte. Pero yo se las quité, porque yo mismo evalué una y otra vez en qué fallaste. ¿Quieres que te explique, Alyssa Ferrara?

Alyssa sentía tanta ira en su interior que sintió su boca echar espuma. Ni siquiera podía hablar bien.

– Por favor, ilumíname, Eros Caruso.

Eros recorrió la distancia que los separaba, dejándole su casco en el pecho a Darío. Él cruzó las manos en su pecho, mientras miraba altivamente a Alyssa. Ella tuvo que subir su mirada para verlo a los ojos, pero pese a todos los sentimientos que tenía encontrados por recordar ese día y ahora el hecho de que Eros la había visto una y otra vez fracasar, ella se mantuvo firme.

– No tienes sangre de asesina, así de simple –Eros se encogió de hombros–. Habías matado antes a otras personas, por supuesto, no negaré tu reputación. Pero todo fue en base a venenos, trampas diseñadas o boberías, como cortarle los frenos a un auto. Pero cuando te dan una pistola, una bala y un cuerpo, no tienes agallas. Eso fue lo que te sucedió.

Alyssa se mordió la lengua, sentía su respiración pesada y dura como la de un búfalo.

– Maldito, hijo de perra. No tienes los huevos para decirme...

– Y tú no tienes los ovarios, en ese caso –Eros la interrumpió–. Te di el trabajo más sencillo hoy, porque siento lástima de lo que estás viviendo. Pero, después de este asesinato, reza porque sienta un mínimo gramo de compasión por ti. No eres nadie. Te cuido porque Elián me lo pidió; prácticamente me rogó para que buscara la forma de apartarte, de mantenerte a salvo. Pero, si fuera por mí, te llevara al límite: te probaría y te pasaría por todas las pruebas necesarias para que aprendas tu lección.

» Fui a buscarte esta mañana, me aseguré de que estuvieras a tiempo en la salida para que mi padre no se enojara contigo, y, además, me aseguré que no estuvieras expuesta a peligro hoy. Pero ya no más, Ferrara, no serás el eslabón débil en mi equipo. Yo no tendré un eslabón débil en mi equipo. O te mueves o te mato yo mismo.

Y aquello fue la última bala que tuvo que atravesar el pecho de Alyssa para hacerla morir. Sus sentimientos, durante todo ese día, estuvieron a flor de piel: el divorcio de sus padres, el retorno a Italia, la boda, la elección de esposo, los asesinatos que debía cometer, huir de Alberto, su nuevo nombre (al cual aún no se acostumbraba por completo). Todo. Y aquella ola de humillación, tras humillación de Eros era lo último que ella necesitó para terminar de hundirse.

Solo que Alyssa no era de las que se echaba a llorar cuando tocaba fondo. No. Ella era de las que rompía las reglas para volver a surgir y terminar triunfante en la cima, aunque no hubiese hecho nada para merecerlo.

– ¿Me has entendido, soldado? –Le preguntó Eros, enfatizando cada palabra.

Alyssa frunció sus cejas, su saliva espesa. Estuvo a punto de responder cuando el grito de un soldado lejano los alertó. – ¡El auto se aproxima!

Se supone que Rupert no pasaría por ahí hasta unos cuarenta minutos más tarde. Alessandro había errado en eso, incluso Eros estaba sorprendido. Pero ninguno de ellos se quedó paralizado; la adrenalina activó sus cuerpos y los hizo saltar encima de sus motos.

Alyssa estaba encendiendo ya su moto cuando apenas Eros estaba terminando de abrochar el casco que Darío le lanzó en plena acción.

Dándole todo el gas que la moto le permitió, Alyssa se puso con rapidez sus protecciones mientras palmeaba los cuchillos y la pistola en sus bolsillos. Ella estuvo a punto de salir, cuando oyó un rugido de Eros por encima de la multitud.

– ¡Sujétate al plan! –Le exigió Eros–. ¡Si algo no ocurre según lo planeado, regresa a la base y deja que los demás se encarguen!

– Sí, señor.

Alyssa asintió bajó la protección del casco que le cubría su rostro y subió el pie al mismo tiempo que le daba poder a la moto. Ella comenzó a avanzar, sin esperar que la moto calentara o agarrara la velocidad lentamente.

Zigzagueó entre los autos hasta lograr desviarse lo suficiente, vio a la distancia el Cadillac de Rupert detenido entre el tráfico gracias a un semáforo lentísimo que acababa de cambiar a rojo. Ella sabía que solo tenía unos segundos para acercarse, había estado estudiando el comportamiento del tráfico y del semáforo parte de la tarde. Alyssa se acercó todo lo que pudo hasta quedar justo detrás de él. Los autos la rodeaban, por delante, por detrás y a cada lado. Su corazón bombeaba sin parar, recordando aquella escena que Eros había sacado a colación.

No fallaría, Alyssa no fallaría esa misión. Ella tenía madera de asesina, nadie podía negárselo. Y ni siquiera Eros era quién para decirle lo que ella tenía agallas para hacer.

Alyssa avanzó un poco más hasta quedar junto al auto, justo al lado de una de las ventanillas traseras. Ella ya conocía el aspecto de Rupert gracias a la fotografía que Alessandro les había dado. Solo que cuando Alyssa asomó su mirada a través de la ventanilla, no vio a Rupert por ningún lado. De hecho, ni siquiera alguno se le asemejaba.

Rupert era delgado, larguirucho y con un rostro demacrado y lleno de ojeras. Los tres tipos que ocupaban el auto que supuestamente era de Rupert, eran musculosos, de cabello rapado y un traje característico que Alyssa conocía bien porque ella portaba el mismo.

Los hombres que ocupaban el auto de Rupert eran soldados, sus guardias probablemente. Rupert no estaba en ese auto, pero éste seguía el objetivo de Eros y sus soldados. ¿Cómo podía notificarle a los demás que estaban siguiendo el auto equivocado? Y, lo que era igual de importante, ¿dónde estaba Rupert?

No importaba si él era quién ocupaba el auto o no, para efectos de Alessandro, Rupert podría incluso ir caminando o en avión. Pero ellos, como sus capos, debían matarlo esa misma noche.

¿Qué debía hacer? Eros le había dicho que se apegara al plan; y que, si este fallaba, su único objetivo era regresar a la base y dejar que los demás se encargaran. Pero ella no era de quedarse sentada. Además de que, si simplemente se daba media vuelta para alertar a los demás soldados, a Eros o a Darío, sería demasiado sospechoso.

Los guardias que ocupaban el auto de Rupert se notaban experimentados. Notarían una moto, que misteriosamente estaba cerca de ellos, que la ocupaba alguien cubierto hasta los huesos, simplemente se daba media vuelta después de estar sospechosamente cerca de a quien protegían. Sí, sin duda eso llamaría su atención.

Eso era: si los guardias estaban allí, solo significaba que el pez gordo estaba cerca. Lo suficientemente cerca como para que ellos lo vigilaran desde su posición, pero no tanto como para que no fuesen molestos para Rupert.

Alyssa maldijo entre dientes, mientras golpeaba el manubrio de su moto. Tomó una respiración profunda y avanzó.

No tenía nada más qué hacer. Los demás no llegarían hasta dentro de poco, hasta que el semáforo hiciera avanzar un poco el tráfico al menos. Y, aunque odiaba desobedecer a Eros y darle otra razón a Darío para que la amonestara, ella debía actuar para llevar la misión a cabo.

Empujando la moto con sus pies, Alyssa fue paseando entre la fila de los autos. La moto era grande, apenas llegaba al suelo con las puntas de sus pies, pero tenía la fuerza suficiente como para mantener el equilibrio mientras pasaba entre las filas de los autos, simplemente fingiendo saltarse el tráfico. Todos los demás autos se veían corrientes, ocupados por personas normales.

Pero había un auto, polarizo y sin placa, que aguardaba justo en la fila delante de todos los demás autos. No se veía de lujo ni muy caro, pero era extraño que un auto intentara ocultar su placa y las personas que llevaba. Rupert debía ir ahí.

Alyssa no le dio gas a su moto, deseando que no rugiera ni sonara demasiado en el proceso. Avanzó lentamente hasta ponerse de primera en la fila, incluso frente a la mayoría de las demás motos que aguardaban allí. Muchos de los conductores junto a los que pasaba la miraban o silbaban tras ella. Parecía llamar mucho la atención una chica conduciendo una moto, en mallas y al anochecer. Sin embargo, a ella no le molestó cuando la ventanilla del auto al que perseguía bajó y por ella se asomó nada más y nada menos que Rupert.

– Hola, bonita –le murmuró Rupert, con voz ronca y con palabras arrastradas. Él parecía tropezar con su propia lengua, borracho o quizás algo más, mirando de arriba abajo a Alyssa–. ¿Cómo te llamas?

Alyssa subió la lentilla de su casco, mirando como Rupert le sonreía más ampliamente cuando vio la mitad de su rostro.

– La muerte, me dicen –le respondió Alyssa, haciendo que Rupert le sonriera con diversión embobada–. ¿A dónde te diriges?

– ¿Por qué?, ¿eres policía? Porque ahora mismo me dejaría esposar de ti. –Le coqueteó Rupert.

Alyssa le sonrió, pese a que se sentía asqueada por llamar la atención de él, su mirada lujuriosa le estaba provocando náuseas. No solo porque él fuese un hombre viejo y decrepito. Sino porque en los ojos de Eros había pasión, fuego y posesión, en los de Rupert solo había vulgaridad e indecencia.

Lo que a Alyssa le golpeó un momento después de eso, fue comparar la mirada de Rupert con la de Eros. Era cierto, estaba fresco aún en su mente aquel recuerdo en su habitación. Pero no había significado nada.

Al menos, no podía significar nada para ella que planeaba casarse con Elián.

– Rupert, ¡contrólate! –Alyssa fijó su mirada en el piloto del auto. Era un hombre de la misma edad de Rupert, de tez morena y ojos grises. No podía ser el hijo de Rupert, aunque tampoco parecía ser simplemente un empleado de él. De hecho, si Alyssa hubiese tenido que apostar, hubiese dado su vida diciendo que el piloto era el mafioso entre Rupert y él–. Entra al auto, no querrás que te maten. Ya es lo suficientemente malo tener que ir a ver a los Caruso.

Alyssa bajó los lentes de su casco, pero su oído lo afinó lo mejor que pudo, fingiendo mantener su mirada hacia el frente, hacia el semáforo en rojo.

Rupert gruñó. – Lo sé, y te repetí mil veces que no quería ir –se quejó–. Podemos simplemente dar media vuelta y volver al club de Marlow. No finjas que no quieres. Nos fuimos justo cuando estaban repartiendo el opio. ¡Vamos como tres horas antes a la fiesta de Alessandro!

El acompañante de Rupert bufó.

– Si no nos íbamos de ahí en ese momento, simplemente no nos iríamos después –él giró sus ojos–. Podríamos habernos quedado allí toda la noche, sí. Pero Alessandro es el obvio contrincante de Alberto. Si ellos dos se enfrentan, quiero estar en primera fila para ver cómo le patean su engreído culo a Caruso.

Y aquello fue el foco en verde que despertó a Alyssa.

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