Capítulo 7

Alyssa salió apresuradamente de la habitación de invitados. Carina estuvo esperándola en la sala y cuando la vio llegar hasta ella, le ofreció un café con un par de galletas con chispas de chocolate. Alyssa sonrió, recordando con simpatía la tía de Elián que siempre le daba de desayuno eso. La extrañaba, de cierta forma, pues fue ella quien cuidó de Alyssa sus últimos años de juventud antes de volverse una adulta.

Tras tomarse su café y lograr comer apenas unas tres mordidas de las galletas, Eros salió de la cocina y se dirigió hacia la puerta de entrada, amenazando a Alyssa de que, si no lo seguía, el siguiente avión que ella tomaría sería uno hacia la casa de Alberto directamente.

Alyssa suspiró, mirando con unos ojos de derrota a Carina. Ella le sonrió y le dejó las galletas a Alyssa en los bolsillos de su pantalón para que se las llevara. Alyssa sonrió ante la travesura, y trotó el camino hacia la salida de la casa. Allí encontró tres camionetas todo terreno negras que aguardaban por ella.

Alyssa vio en una a Alessandro, quien iba con su mujer y ambos charlaban entre sí. Darío y Eros estaban en la última camioneta, mirando en dirección de la casa, justo donde Alyssa de regreso miraba todo el panorama. Eros con unos lentes de sol y todo su uniforme completo, hablaba con Darío sin mucha expresividad. Aquello le recordó a Alyssa brevemente la escena en su habitación, donde ella no fue capaz de acomodarle por completo su camiseta. Supuso que él mismo tuvo que ponérsela al final.

– ¡Vendrás, ¿o debo ir por ti?! –Gritó Eros, con un tono grotesco y cargada de odio.

Alyssa lo ignoró y buscó un poco más, pero no encontró a Elián en ningún lado. Deseó que él estuviese por ahí cerca, para contarle a él su plan de escogerlo como esposo. Pero no importaba si debía esperar para verlo; ella no le diría a Alessandro su decisión hasta no poder hablar con Elián. En parte, Alyssa deseaba decirle que ella lo escogería como esposo primero; pero también quería explicarle lo sucedido esa mañana. Elián, si sería su futuro esposo, debía saber lo que había ocurrido con Eros exactamente.

Cuando su mirada volvió a enfocarse frente a ella, Eros mismo estaba justo bajo ella, tomándola sobre su hombro y sacudiéndola como si ella solo fuese un costal de huesos. Alessandro y Emma dejaron su charla para girarse a mirar el espectáculo. Alyssa sintió tanta vergüenza ante Alessandro, ante Darío y todos los demás soldados, que todo su rostro ardió.

Alyssa se agitó, gritándole a Eros todo el arsenal de groserías que tenía. Pero era inútil. No importaba cuántas patadas o puñetazos ella le diera, Eros no la dejó en el suelo nuevamente hasta que la tiró sin cuidado en los asientos del tercer todo terreno.

Cuando Alyssa subió su mirada nuevamente para condenar a los mil infiernos a Eros, se encontró en su lugar con la mirada malhumorada de Darío.

– Te dije que fueses obediente y no hicieras tonterías. –Le recriminó Darío, mientras éste verificaba dos pistolas y le entregaba una a Eros.

Éste último no miraba a Alyssa a los ojos; en realidad, si él no la hubiese traído, ella creería que Eros no se había dado cuenta que ella estaba allí.

– Me dijiste que fuese agradecida y sumisa, no que no hiciera tonterías –Alyssa acomodó su traje mientras se recuperaba en el asiento, Eros literalmente la había dejado sobre su espalda–. Además, ¡¿qué demonios te ocurre?! –Esta vez Alyssa le gritó a Eros.

– Mis padres estaban impacientes, no iba a permitir que se retrasara más el viaje por tu culpa. –Respondió Eros sin mirarla a los ojos.

Tras cerrar la puerta por donde Eros había metido a la fuerza a Alyssa, él rodeó el auto y tomó el asiento del piloto. Darío, suspirando con cansancio, también entró y tomó el copiloto. Los tres autos arrancaron en fila y tomaron el camino que Alyssa había recorrido ayer.

El aeropuerto creció en el horizonte, pero Alyssa no le prestó atención a eso después de un rato. Su mirada estaba puesta justo en la cantidad de municiones que compartían asiento con ella. Vio bombas, pistolas, ametralladoras, rifles e incluso basucas, armas filosas como puñales, espadas, cuchillos y navajas. Era un completo arsenal en cajas de madera, donde también había balas de todos los calibres.

Alyssa miró con la preguntaba intrínseca en sus ojos hacia los asientos delanteros. Darío la miraba de regreso, viendo con curiosidad como Alyssa examinaba las armas.

– ¿Puedo...? –Alyssa creyó que sería Darío quien respondería, pero fue Eros quien ni siquiera permitió que ella finalizara la pregunta.

– Podrás tomar lo que quieras una vez tengamos el plan completamente organizado. –Le interrumpió Eros, quien de alguna manera supo lo que ella hacía y pensaba preguntar sin mirarla siquiera por el retrovisor.

– El señor Caruso nos acompañará hasta el aeropuerto, de ahí él tomará un avión y nosotros otro –le explicó Darío, quien sin duda tenía más paciencia que Eros–. Allí él nos dará el plan a seguir antes de retirarse, después de eso estamos por nuestra cuenta. Entonces, tomarás las armas que necesites y requieras.

Alyssa asintió, ya sabiendo que armas escogería.

El camino hacia el aeropuerto se volvió eterno después de eso, aunque fueron tan solo veinte minutos más. Una vez allí, Eros, Darío y Alyssa se dirigieron hacia el avión donde Alessandro ya estaba arribado. Ellos no se irían con él, pero debían entrar para oír lo que Alessandro tenía en mente.

El avión era el mismo que Alyssa tomó para llegar desde Inglaterra, solo que esta vez Emma y Alessandro tenían la mesa y los asientos llenos de planos y documentos. Aunque, unos asientos más allá, donde había otra mesa, había comida, bebidas, copas y otras decoraciones.

– Haremos una fiesta –comenzó Alessandro, interrumpiendo la curiosidad de Alyssa, aunque al mismo tiempo saciándola. Alessandro estaba sentado frente a la mesa, justo frente a Emma. Él tenía un porro en la mano, pero estaba más interesado en una carpeta que tenía abierta frente a él. En ella, había un par de fotos de un sujeto de barba gris y ojos azules, un auto Cadillac blanco y la foto de un semáforo de una avenida en específico que Alyssa desconocía–. A partir de mañana se iniciará una nueva tradición: una fiesta, celebración, reunión o como quieran llamarlo. Será exclusivamente hecha por los Carusos, para celebrar y presentar a los nuevos miembros que se unan a la familia de la mafia italiana, y conmemorar a los que aún siguen vivos, ¿no? Por los momentos, al menos.

Eros frunció su boca, mientras Alyssa miraba con escepticismo a Alessandro. No era común entre los mafiosos celebrar fiestas juntos; al menos no sin un propósito oculto.

– Es solo una tapadera –continuó Eros–. Mi padre y mi madre estarán allá, a la vista de todos. Mientras que nosotros estamos asesinando uno a uno a los diez jefes restantes de la mafia. De esa forma, no podrán asemejar a nuestra familia de las muertes que vendrán.

Alessandro chasqueó, apuntando a Eros con su dedo. – Sin duda eres mi hijo.

Alyssa miró con asombro por primera vez todo a su alrededor. Finalmente comprendía la gravedad de lo que harían; lo que sucedía si descubrían que serían ellos quienes matarían a esas personas tan poderosas. Pero se preguntó, entonces, algo que Elián también había preguntado la noche anterior: ¿por qué ella? Había ciento de personas más para el trabajo, personas mucho más aptas y experimentadas. ¿Por qué la habían escogido a ella como parte del grupo? Pero Alyssa no cuestionó.

– La fiesta será en Cagliari, en un club que inauguraremos –comentó Emma, haciendo un pequeño gemido de placer–. Amo ese lugar; lo mandamos a remodelar solo para esto. Abrirá mañana junto a la "fiesta", pero quedará disponible de ahora en más como un hotel para el resto de la familia.

Alyssa asintió, pero su mirada se dirigió hacia Alessandro nuevamente.

– Necesito que me diga cómo asesinaré a la primera víctima. Con lujo de detalles.

Alessandro le sonrió, mostrando sus colmillos afilados. Él deslizó por la mesa la carpeta que él mismo estaba examinando antes. Alyssa la tomó en sus manos, mientras que veía más de cerca las fotos que había notado antes y permitía que Darío también las examinara sobre su hombro.

– Ese de ahí se llama Rupert Morelli, dueño del narcotráfico que va desde aquí hasta la China. La mayor parte del tiempo, está drogado con su propio producto. El resto del tiempo, borracho o con resaca, la cual pasa con un poco más de droga –Alyssa examinó la foto del hombre en la carpeta; si Alessandro no dijera cosas tan despectivas de él, ella jamás lo hubiese adivinado–. Tiene un par de condenas encima: ha escapado como tres veces de la cárcel, pero siempre encuentra la manera de escurrirse. No solo tiene cadena perpetua, sino que también su hijo estuvo detenido desde hace un año. No había encontrado la forma de sacarlo, así que está desesperado.

Alyssa frunció su ceño.

– ¿Y cómo lo mataremos?

– Vendrá a la fiesta, desesperado porque hizo un trato conmigo para sacar a su hijo de la cárcel –Alessandro giró sus ojos, dándole una calada a su cigarro–. Casi que literalmente aceptó arrodillarse delante de mí ante todos con tal de que lo sacara. El plan para la fuga de su hijo fue todo un éxito, y vendrá por agradecimiento a mí. Ustedes lo matarán hoy, cuando ellos estén entrando a Cerdeña. Exactamente en Corso Vittorio Emanuele II, 6. A las 22:40, él estará pasando por ahí en su auto. Es una calle usualmente atestada de tráfico, así que no será extraño un choque. Lo matarán y como su socio superior, reclamaré su negocio.

– ¿Cómo haremos el "accidente", señor? –Preguntó Darío.

Alyssa quiso preguntar aquello, pero se entretuvo mirando las fotos de la cámara del semáforo. La calle tenía muchos carriles, largas filas de autos y muchos negocios altamente iluminados alrededor. Hacer un accidente por ahí sería completamente revelador: muchas luces que iluminaran sus caras, mucha acumulación de gente que los vería y retrasaría, muchos carriles que Rupert podría usar.

Y no solo ella notó eso, sino que Alessandro también estaba consciente de eso.

– Sorpréndanme.

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