Mundo ficciónIniciar sesiónAlyssa no había pegado ojo durante toda la noche, tan solo había logrado dormitar un poco cuando un ruido la despertó.
El toque en su puerta la sacó de un sueño que apenas acababa de conciliar. Su cuerpo reaccionó y ella se levantó descalza para abrir la puerta, solo que su conciencia todavía estaba en medio de la bruma del sueño. Sin embargo, fue capaz de reconocer a la gran y fuerte presencia de Eros, que cargaba puesto solamente una transparente musculosa blanca, unos pantalones cargos y unas botas militares negras. Allí en ese instante, Alyssa se dio cuenta que los brazos de Eros eran enormes, sus hombros eran el doble de las caderas de Alyssa, y su cintura era pequeña y tonificada, dura y llena de músculos.
Él estaba completamente fresco y vestido, mientras que Alyssa tan solo cargaba una enorme y larga camiseta blanca y sus calcetines rosas. Además, su cabello y su aliento no debían ser los mejores.
Sin embargo, Alyssa no podía importarle menos su apariencia frente a Eros.
¿Eros era caliente? Como el sol. ¿Intimidante? Mucho. Pero a Alyssa no le interesaba seducirlo ni nada similar. Ella había tomado su decisión en la noche: ella no se casaría con Eros. Si tenía que casarse por conveniencia (o, mejor dicho, por "sobrevivencia"), sería con alguien que ella conociera y no fuera una molestia.
Elián parecía ser la mejor opción, solo que esperaría un poco para contárselo a él y a Alessandro.
El punto era que Eros jamás sería una opción para ser su esposo.
– ¿Y tú qué? –Le preguntó Alyssa, mientras se fregaba los ojos e intentaba no quedar ciega por la luz del corredor.
– ¿Yo qué? ¿No te has visto a ti? –Eros parecía a nada de perder la paciencia. Gruñón y maleducado, señaló con su dedo el cuerpo de ella–. El avión sale en veinticinco minutos, Alyssa.
– ¿Quién? –Oh, cierto, ella era Alyssa–. Ah. Sí, sí. Ya voy.
Alyssa cerró de un portazo su puerta y se recostó a la pared un segundo. Ella seguía viendo la sombra de Eros por la ranura bajo la puerta. Suspiró, mientras se quitaba la camiseta por encima de la cabeza y la lanzaba a algún lado de la cama. Ella se metió a la ducha, mientras que podía sentir como el sueño se escurría por sus dedos.
Cuando salió finalmente del baño, con los dientes y el cuerpo limpio, se dio cuenta que no tenía toalla ni bata de baño con la cual secarse. Encogiéndose de hombros, tomó una toalla pequeña que consiguió y la colocó sobre su cabeza, mientras permitía que su cuerpo desnudo goteara agua sobre todo el suelo. Alyssa apresuró su paso hacia la habitación, pero cuánta no fue su sorpresa cuando vio a Eros sentado sobre su cama, comiendo un sándwich con una mirada sombría.
Alyssa chilló del susto, cubriendo su cuerpo tan rápido como pudo. No sabía qué era peor en esa ocasión; si correr de nuevo al baño y mostrarle su cuerpo en el proceso o mantenerse allí congelada, intentando cubrirse lo mejor que podía con sus propias manos.
Paralizada, escogió la segunda opción, tirando de la toalla de su cabeza para cubrirse.
Eros, por su parte, simplemente continuó masticando su desayuno.
– ¡¿Qué m****a crees que haces?! –Le gritó Alyssa, tirándole a Eros lo primero que consiguió en el suelo contra el pecho para espantarlo. Él lo atrapó con sus manos y lo examinó: era el pijama de Alyssa con la ropa interior que había usado ayer.
Las cosas no podían empeorar.
– Te traje el desayuno, pero tardaste mucho y me lo comí –Eros respondió con simplicidad, mientras seguía mirando con unos ojos indescifrables a Alyssa. Sus pupilas habían convertido sus iris en dos enormes esferas negras, carentes de colores y llenas de un fuego que Alyssa pudo distinguir desde donde estaba. Eros la deseaba, pero él no se movía de su posición. Solo la miraba de arriba abajo mientras seguía comiendo de su desayuno–. El avión ya nos está esperando desde hace cinco minutos.
– ¡Pues, nos esperará cinco más! –Le gritó Alyssa, señalando su puerta–. ¡VETE DE AQUÍ!
– ¿Desde cuándo me das órdenes? –Le preguntó Eros con severidad mientras examinaba el bulto de ropa que Alyssa le había tirado antes.
Ella deseó gruñir o patearlo. En verdad esta situación, además de humillante, era completamente inesperada viniendo de él. Pero, en realidad, ¿qué otra cosa podía esperar del sinvergüenza de Eros Caruso? Los rumores solo decían que era un excelente mujeriego, que le encantaba jugar con varias mujeres a la vez. Ninguna de ellas se quejaba de compartirlo, pero todas siempre solían decir que él se aburría rápido y que era un hombre insaciable.
Si había mirado con esa voracidad a Alyssa sin conocerla realmente, lo único que ella le había despertado era la pasión y el deseo que cualquier otra mujer le podía hacer sentir. Ella no era especial, solo era una muñeca más con la que él podría jugar. Solo que Alyssa no caería en sus juegos.
– Desde que estás invadiendo mi privacidad –dijo Alyssa, mientras que sostenía con fuerza la toalla pequeña que apenas cubría sus pechos y su estómago. Señaló con irreverencia la puerta cerrada de su habitación–. ¡Hijo de puta, vete de aquí!
– ¿Qué está ocurriendo? –Alyssa maldijo en voz baja cuando la voz de Elián se oyó desde el pasillo– ¿Silvia?
– Es Alyssa. –Le corrigió Eros, ampliando su voz para que se oyera desde dentro de la habitación.
– ¡¿Eros?! –Preguntó Elián, su voz amortiguada por la puerta cerrada.
– Maldita sea. –Susurró Alyssa, mientras corría hasta la cama junto a Eros y tomaba la prenda que había usado de pijama y de bala antes de eso. Eros gruñó por lo bajo cuando Alyssa tuvo que descubrir su cuerpo para poder vestirse rápidamente.
Sin embargo, todo ese sacrificio de quedar expuesta ante Eros valió la pena cuando la puerta se abrió y Elián asomó su mirada. Su rostro decayó y empalideció unos tres tonos. Él estaba atónito de encontrar a Eros sentado en la cama de Alyssa, con ella mojada y con tan solo una camiseta larga que empezaba a pegársele en el cuerpo.
Ella intentó buscar palabras que explicaran la situación, pero ninguna salió de su garganta. – Maldita sea. –Volvió a gruñir Alyssa.
– Maldito seas, Eros, tú y tu costumbre de arruinar todo –la voz de Elián era estable, pero su mirada delataba lo decepcionado que estaba de Alyssa y de la situación en general–. Olvídenlo. Solo... Padre los está esperando. Silvia, será mejor que te pongas un uniforme al menos, antes de salir.
La puerta se cerró tras Elián, y en el rostro de Eros se formó una sonrisa. No era atractiva; era malvada, maquiavélica. Como si él estuviese encantado de ver el mundo arder frente a sus ojos.
Y Alyssa lo único razonable que pudo hacer fue preparar su puño y estamparlo justo en el pecho y brazos de Eros. Él, sin duda, nunca se esperó los golpes, pero tampoco era como que le hubiese dolido demasiado.
Los músculos de Eros eran tensos, duros como una roca, y él era inamovible. Aquello provocó más el enojo de Alyssa y la motivó a golpear con más fuerza.
– ¡¿Qué m****a te ocurre en la cabeza?! –Le reclamó ella, lo suficientemente bajo como para que él solamente escuchara, pero con la firmeza que ameritaba la situación. Eros dejó de sonreír para mirar con una ceja alzada a Alyssa–. ¡¿Quién te invitó a pasar?!
Eros bufó, ya no más diversión en su rostro o su mirada.
– Es mi casa, no necesito una invitación.
– No –Alyssa levantó uno de sus dedos en el rostro de Eros–, es la casa de tu padre, no la tuya. E, incluso si es la casa del maldito Francesco Cossiga, tú no tienes derecho a entrar a una habitación donde estoy yo. ¡Más aún si me estoy bañando!
Eros se encogió de hombros, mientras volvía a morder el sándwich y dejaba la mitad sobre el plato en la cama. Alyssa lo miró con recelo; tenía hambre, pero jamás comería algo que fue preparado o mordido por Eros.
– Para ser una soldado, te quejas demasiado –comentó Eros, mientras tomaba un chaleco y una camiseta con camuflaje militar verde y negro que había traído consigo–. Pero puedo aceptar que me llamen de todo, menos injusto. Te pagaré con lo mismo.
Alyssa frunció su ceño, pero cuando vio a Eros quitarse su musculosa y tirarla a la cama, ella ya supo que sucedía. Ella apretó sus ojos, mientras torcía su boca para mostrarle a Eros que ella no deseaba eso. No quería ver a Eros desnudo, una parte de ella sentía la curiosidad subir por su vientre, pero no lo complacería con eso.
– Sabes que no continuaré hasta que no mires, ¿cierto? –Le retó Eros.
Alyssa lo había sentido dejar de moverse, pero eso no quería decir que ella simplemente lo obedecería. Ella se dio la vuelta y se dirigió hacia unos cajones donde ella había guardado el uniforme que Darío le había conseguido.
Alyssa consiguió el uniforme camuflajeado y se dirigió al baño a cambiarse.
– Haz lo que te plazca, yo no seguiré tus órdenes.
Eros bufó. – ¿Sabes que para eso iré contigo a la misión? Yo no solo soy la mano derecha y el heredero de mi padre y de toda su mafia. Soy también el caporegime –Alyssa se quedó paralizada a medio camino del baño–. Todos los soldados y capos de mi padre se mueven según mi disposición, atacan según mi orden y siguen cada una de mis reglas. Aunque eso ya lo sabías, ¿no? Te entrenabas para ser una algún día. Pues, yo soy el tuyo ahora. Y sigues cada una de mis órdenes.
Alyssa pudo oír sus pasos, Eros acercándose hasta quedar tan cerca de ella que podía sentir su pecho duro y cálido contra su hombro, húmedo y frío. Alyssa se negó a girarse y encararlo, pero era imposible para ella simplemente no pensar que, si miraba de reojo, podría ver la bronceada y tensa piel de Eros.
– ¿Lo olvidaste, soldado? –Eros proclamó lentamente, palabra por palabra contra el oído de Alyssa.
Ella tragó.
– No. –Fue lo único que respondió.
– Bien, gírate hacía mí, entonces –Eros demandó, Alyssa tomó que tomar varias respiraciones para hacerlo. Y cuando finalmente lo hizo, ella forzó su mirada directamente con los ojos de Eros, intentando evitar su pecho desnudo, con vellos oscuros y suaves en él, su torso marcado por años de ejercicio arduo o la 'v' en picada que se perdía en sus pantalones. El tipo era una escultura hecha por los ángeles–. Como no quisiste obedecer mi primera orden, tu nuevo mandato será que tú misma me vistas.
– Eros –gruñó Alyssa–, no te pases.
– Jamás lo haría –se adelantó él, levantando sus manos en señal de inocencia–. Es solo vestirme, no tocarme.
Eros desvió su mirada hacia la cama, donde él había dejado su chaleco antibalas, su camisa oscura de camuflaje y su musculosa blanca. La mirada que él le dio a Alyssa era evidente, la petición silenciosa era clara. Y Alyssa no tuvo otra opción que tomar la ropa y pasarla por encima de la cabeza de Eros.
Alyssa odió cada segundo del proceso, en especial cuando sin querer ella rozó el torso de Eros y éste rio con burla. Cada vez que Alyssa pasaba su mano y sin querer tocaba el cabello, los labios los brazos de Eros era una tortura. Cada instante lo odiaba más que el anterior, pero Eros parecía disfrutar cada vez más.
Aquello enojaba más a Alyssa.
Pero todos esos pensamientos intrusivos que le decían a Alyssa que Eros era el peor demonio de todos, se esfumaron cuando ella vio aquellas extrañas marcas en los costados de Eros. Justo por encima de sus costillas, unas marcas rosadas muy similares a los rasguños interrumpían la piel bronceada de Eros.
Alyssa las miró, deseando saber cómo se habrá hecho esas marcas que decoraban cada lado de su cuerpo. Solo que cuando Eros notó que ella las miraba, él la empujó hacia atrás, terminó de acomodarse la ropa y la miró con desdén.
– Vístete antes de que te deje atrás para que enfrentes la ira de mi padre.
Y así cómo todo comenzó, Eros se fue y el hechizo de odio y pasión acabó de golpe. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Eros había cambiado tan drásticamente? ¿Tenían aquellas cicatrices algo que ver?
Alyssa se inclinó para tomar nuevamente su uniforme y se vistió de forma apresurada, deseando poder meterse en ocasiones en la mente de las personas para saber qué cosas le ocultaban siempre.







