Encendiendo las luces a tientas, Artem miró todo a su alrededor. Muchos estantes de libros, algunas macetas con extrañas plantas de flores púrpuras y un par de lobos que dormían plácidamente en un sofá de cuero café. Ninguno de los lobos lucieron completamente interesados en Artem, más allá de olfatear en su dirección y descartarlo como un peligro al acecho.
Artem había ido a la mansión en busca de Elián, queriendo conocer si él sabía qué había sucedido y, quizás, recurrir a él como una oportun