Pero, entonces, la escena cambió: esta vez ella no corrió, sus piernas clavadas en el suelo y ella todavía mirando hacia donde la bala había golpeado. Y, entonces, la frialdad del arma de Alberto se clavó en la parte posterior de su cabeza, enredándose en su cabello. Sin ella poder verlo, sabía que Alberto sonreiría porque la había atrapado en su propia red de mentiras.
—¿Te apetece, Alyssa? —repitió Alberto, mirándola con una ceja alzada sin ningún arma en sus manos. Solo la mente de Alyssa su