Elián gimió con dolor algo incoherente que quizás ninguno de los entendió.
Así, Darío emprendió marcha y no se sorprendió al hallar el almacén empezando a derrumbarse en grandes bolas de fuego de madera. Corriendo con todas sus fuerzas, Darío llegó hasta la entrada, divisando desde lo lejos a sus hombres con la camioneta a escasos metros del lugar, con las puertas ligeramente abiertas, esperándolos.
Sin perder tiempo, Darío se impulsó junto a Elián hasta que el sol tocó sus rostros y finalmente