Aturdido, Artem tropezó con sus propios pies. Él estaba sacado de onda, completamente confundido. Miraba con la boca y ojos muy abiertos a Alyssa, aterrado de lo que había hecho y la reacción que eso desencadenaría. Su pecho se movía violentamente, su piel se había colorado.
—¡Me besaste! —era una afirmación bastante tonta, pero Alyssa no podía racionalizar otra cosa.
—Perdón —pronunció lentamente Artem, juntando sus manos en ruego—, yo no creí que lo haría: solo iba a hacerte una broma, pero,