Ambos caminaron de la mano hasta las escaleras de Sacra Corona. A pesar de que era plena tarde, la casa se veía oscura desde las ventanas y que los propios guardias que habían abierto las puertas para ellos, estaban ahora acercándose a la casa.
Eros se quedó de pie ante la escalera, viendo como todos lo miraban expectantes. Ninguno había dicho una palabra, hasta que una de las empleadas de la limpieza, una dulce joven un poco mayor a Alyssa, dio un paso adelante.
—La señora Caruso está muerta,