—Entonces, se fue —murmuró Alessandro. Él estaba sentado en el sofá junto a su escritorio, con un vaso con líquido ambarino en su mano y un puro en sus labios. No tenía los ojos hinchados ni ninguna prueba física de que había estado llorando, pero las maletas que sus empleados sacaban cada minuto por la puerta solo le demostraban a Alyssa cuán afectado estaba él realmente—. Era lo mejor, Elián no tenía que verla morir. —Justo lo que él dijo—. ¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Alessandro, es