El sonido de la lluvia golpeando las ventanas del apartamento de Emma creaba una melodía constante e inquietante. Había preparado café, pero apenas lo había tocado. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de su laptop, donde los números y las transacciones seguían contando una historia que no terminaba de descifrar del todo.
Un golpe en la puerta la hizo levantar la vista. Caminó con rapidez y, al abrir, se encontró con Sebastián empapado, con el cabello pegado a la frente y la respiración agitad