Dentro de la camioneta negra, se podía sentir la tensión de lo que ocurriría, de un movimiento precipitado que podía causar la total furia de Klifor y hasta podría tomar medidas drásticas, pero había algo dentro de mí que me exigía averiguar el estado de esa mujer, saber si estaba bien.
No podía apartar la mirada de los muros de la mansión Darclen. Arturo, a mi lado, respiraba con pesadez.
—Esto es una locura, Frederick —murmuró por décima vez. A este paso le pondría un dardo en la lengua para