Cruzar la entrada de la mansión Darclen fue como atravesar un portal hacia mi propio infierno personal. La extravagancia me golpeó de lleno: techos altísimos con candelabros de cristal, suelos de mármol pulido que reflejaban mi propia imagen distorsionada, cuadros de valor incalculable colgados con una frivolidad que me revolvió el estómago. Cada mueble antiguo, cada alfombra persa, cada detalle de oro reluciente parecía gritarme. Este lujo, esta obscena comodidad, estaba construido sobre los c