Dos semanas. Catorce días enteros dedicados a esta farsa absurda. Había alquilado una oficina mugrienta en el edificio de enfrente solo para vigilar la entrada de la maldita librería. Mi escritorio, lleno de informes de fusiones multimillonarias, compartía espacio con unos folletos baratos. La ironía era grotesca. Mientras mis socios creían que estaba en Asia cerrando un trato, yo estaba aquí, escondido como un acosador, esperando la llegada de una mujer que parecía haberse evaporado.
¿La habí