Sentía que no podía respirar. Esa puerta abierta de par en par no era una puerta; era un abismo, una pesadilla hecha realidad. El terror en carne viva.
—¡Jesús! —El grito desgarrado salió de mi garganta antes de que pudiera pensar.
Frederick me empujó suavemente pero con firmeza, entrando primero al penthouse. Su cuerpo, tan seguro y dominante segundos antes, estaba ahora tenso como un cable de acero.
—¡Jesús!—rugió su voz, que ya no era la de un hombre despreocupado y con el mundo a sus pies.