Miguel seguía aferrado a mi brazo, su peso apoyándose en mí, su respiración entrecortada por el alcohol. Parpadeé varias veces, creyendo que tal vez estaba teniendo una alucinación.
—Por favor, muéstrame la cicatriz —Volvió a pedir.
¡Definitivamente no estaba alucinando!
—¿Estás borracho, Miguel? Deja de bromear —dije, intentando que mi voz sonara firme, pero salió como un hilo de voz. Intenté liberar mi brazo, pero sus dedos se cerraron con más fuerza.
—No es una broma —insistió. En sus