Todo ocurrió en un parpadeo. Frederick entró en la habitación como un huracán. Sus ojos parecían dos iceberg, por la cantidad de frialdad que reflejaba.
El individuo se reincorporó rápido, pero fue inútil. Mi exesposo lo arrojó contra el espejo de cuerpo completo, rompiéndolo en millones de pedazos.
—¡Frederick! —grité, más por la sorpresa que por ayudar a ese imbécil.
No soy un ángel caído del cielo y ese hombre se merecía lo que le estaba sucediendo.
Me mantuve en silencio, observando com