Logré dormir a Jesús a los pocos minutos, su pequeño cuerpo estaba completamente relajado y pesado contra mi hombro. Un suspiro de alivio escapó de mis labios. Misión cumplida.
Entré en la habitación con cuidado, asegurándome de ser sigiloso para no despertar a la criatura que tenía sobre mi hombro ni a la mujer que estaba en la cama. Lo deposité con sumo cuidado en su cuna y me aseguré de que estuviera cómodo, arropado hasta el pecho con la mantita de algodón que Charlotte había elegido.