El sexto mes de embarazo me había dotado de una panza redonda y firme que parecía tener vida propia. Bueno… Técnicamente, así era.
Cada patada, cada movimiento, era un recordatorio constante de la personita que crecía dentro de mí. Hoy, por fin, Frederick había apartado toda una tarde para ir a comprar lo esencial para el bebé. O, al menos, lo que él consideraba “esencial”.
Caminábamos por el pasillo de una lujosa tienda de artículos para bebés que parecía más una galería de arte moderno que