El pasillo que conducía a la habitación de Miranda Can era un túnel blanco y silencioso, flanqueado por dos de mis guardias, ya que me había encargado de que el hospital no le notificarán a la policía hasta que yo hablara con ella.
El doctor me había entregado una bata estéril y mascarilla. Precauciones excesivas, quizás, pero necesarias para mantener las apariencias.
Cada paso resonaba en el vacío del corredor, un eco de la decisión que estaba a punto de tomar.
Al abrir la puerta, la esce