El aire en la habitación se espesó hasta volverse casi irrespirable. Cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos, un tambor de guerra contra el silencio mortal que Charles Can había traído consigo.
Mi mente, nublada por el shock, se aferró a evaluar la situación con una claridad desesperada: sin celular, lejos del botón de llamada de enfermería y con la puerta cerrada tras él.
Al parecer, gritar era mi única opción, pero no iba a hacerlo. Era más probable que él logrará callarme a golpes