El aire en la habitación se espesó hasta volverse casi irrespirable. Cada latido de mi corazón resonaba en mis oídos, un tambor de guerra contra el silencio mortal que Charles Can había traído consigo.
Mi mente, nublada por el shock, se aferró a evaluar la situación con una claridad desesperada: sin celular, lejos del botón de llamada de enfermería y con la puerta cerrada tras él.
Al parecer, gritar era mi única opción, pero no iba a hacerlo. Era más probable que él logrará callarme a golpes antes de que un enfermero llegue. Él estaba tan cerca. Un golpe en falso, causado por la rabia de ser descubierto, podría acabar con la vida de mi bebé en un parpadeo. Y no podía correr ese riesgo.
Me enderecé todo lo que pude, apoyándome contra el frío cristal de la ventana, tratando de que mi voz no delatara el terror que me recorría las venas.
—¿Qué quiere, Charles? —pregunté, manteniendo la mirada fija en él, desafiante a pesar del temblor que sentía por dentro.
Mi mente no dejaba de re