••Narra Frederick••
El motor del vehículos aún rugía en mis oídos, una extensión del fuego que ardía en mis venas. Manejé con una mano, con la otra marqué el número de Arturo con movimientos precisos.
—¿Jefe? —contestó al primer tono, su voz tensa.
—Hubo un inconveniente —espeté, sin preámbulos—. Una camioneta nos embistió en la autopista. Intentaron llevarnos fuera de la carretera.
El silencio al otro lado fue eléctrico. Luego estalló.
—¡Mierda, Frederick! ¿En serio? ¡Eso no hubiera pasado si