Los latidos de mi corazón eran tambores de guerra en mis oídos. Frederick estaba ahí, inmóvil como una estatua, sus manos firmes alrededor de mis brazos siendo el único punto de ancla en un universo que giraba fuera de control.
Sentía que el mundo se había detenido con su llegada, pero al mismo tiempo, todo daba vueltas.
Sus ojos, esos ojos azules que conocía tan bien, que podían ser fríos como el hielo o ardientes como el fuego, ahora me escudriñaban con una intensidad que me traspasaba. Podí