¡No lo negó, ni se defendió! Lo aceptó, así nomás.
Si hubiera sabido que iba a ser así de fácil, tendría una grabadora en el pecho.
—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué inculpaste a mi padre? —grité—. ¡Ustedes eran amigos! ¡Me conoces desde mi primer año de vida! ¡Arruinaste a mi familia!
—Así que has estado visitando a tu padre en prisión —Una sonrisa de suficiencia adornó sus labios.
Levanté una de mis manos, impulsada por la rabia y la traición. Él la detuvo en el aire, sujetando mi muñeca con