El silencio de la habitación era cálido, acogedor, como una manta pesada sobre mis hombros. Ya no lloraba, pero las lágrimas habían dejado su rastro salado en mis mejillas, y mis párpados pesaban como plomo. Los brazos de Frederick seguían alrededor de mí, su respiración constante contra mi espalda, un recordatorio de que, por ahora, estaba a salvo.
Aún con los ojos cerrados, respiré hondo. El olor a menta y colonia de su piel me envolvía, familiar y reconfortante. Demasiado reconfortante. Tal